jueves, 28 de junio de 2012

La cola del médico

LA COLA DEL MÉDICO

En el pueblo. ir al médico es mas que estar enfermo. Ir al médico tiene su fundo y su forma, su antecedente y su consecuente. Uno se pone malo, como en todas partes, y acude a la consulta llanamente; pero el transfundo de la enfermedad es bastante más complejo. La enfermedad además de una dolencia, grande o chica, es un derecho y un acto social que confiere al paciente un cierto pedigrí. En el pueblo la enfermedad está asociada al paciente, su familia, sus antepasados o su fortuna. La enfermedad es, mas que está, en determinadas personas.

- A fulana ya le ha dado la diabetes de su madre. Vino ayer con los análisis y me lo dijo.

- Pues a los Gatos – la familia de los Gatos – no les ha dado el azúcar. Eso viene de Gumersindo el de la Niña Carmen.


Y conversaciones por el estilo.

En la cola del médico están los crónicos y los eventuales. Acuden también los recogerrecetas y los paniaguaos de los enfermos que no pueden acudir a la consulta.

Cuando el enfermo es agudo y relativamente grave, o así lo entiende el familiar afectado, lo llevan a la capital de inmediato, e ingresa por urgencias en le hospital. Familias hay que van a urgencias cinco o seis veces al año. Nadie se extraña de que fulano esté en urgencias, o haya llevado al hijo, o a la madre, o a la tía a la capital. Ir a urgencias no implica mucho. Ir a urgencias es como ir a la Farmacia o al practicante, o al curandero.

Cuando uno va al médico por lo particular la cosa cambia. Allí ya hay maldad preocupante y cierta.

Lo cierto es que Nela empieza a comprender la idiosincrasia de la consulta del medico y participa en ella, porque, en general los enfermos la quieren y la miman. Los enfermos llegan a la puerta del Ayuntamiento sobre las ocho de la mañana y hacen cola para coger numero y entrar los primeros.

- Así no tengo que esperar explica la Ramona cuando, después de dos horas de espera, le toca el numero dos.

Por lo particular, como decía antes, se invierte el proceso. Uno llega con cita a las seis y queda gustoso en la sala de espera hasta las ocho. Dos horas que uno paga y disfruta en silencio del silencio de los demás pacientes; porque por lo particular uno está callado y mustio, por que para eso está malo.

A Nela le cuesta entender estas cosas. Ella sabe que por la mañana le dan alguna cosilla, algún halago, algún saludo. Ella sabe que cada día hay en la Plaza ocho o diez personas que esperan, y sabe que están allí junto a la puerta que huele a alcohol y a potingue. Evito explicarle por qué la gente espera para no esperar y por que estar malo representa algo prestigioso si la afección es ligera. Son cosas de hombres, Nela, le digo; no intentes entender a lo humano, porque si todo lo humano fuera explicable ya no seria humano y en el fondo se desluciría y olería a pretencioso. Así que ante la cola del medico para no esperar saludamos, y continuamos camino de la panadería.

miércoles, 20 de junio de 2012

NELA, LA PERRA CIEGA


Nela se quedó ciega hace algún tiempo. Dice el veterinario que tiene una degeneración del nervio óptico. Perdió la vista poco a poco, en meses; de un enero a un mayo.  Esa fue su suerte: que aprendió y se adaptó a su ceguera  allá por septiembre. Para entonces, Nela había aprendido a andar por casa sin tropezar con los muebles; conocía el patio, la entrada del dormitorio, la cocina..., conocía el zaguán, las escaleras y tacto duro del acerado de la calle. Había escuchado cien veces el pregón de los vendedores de cualquier cosa y los distinguía sin dudar. Pero sobre todo Nela conocía y diferenciaba a la perfección los olores. Su mundo era un mundo de olor. A través del olor Nela sabia perfectamente el camino de la cocina, la situación del pajar o la ubicación exacta de la despensa. Sabia, porque lo había visto antes de quedar ciega, que el  pueblo aquel  donde vivía tenia calles empinadas en el Cerro o en los aledaños de la Ermita porque allí, junto a las estribaciones de las dehesas, olía a tomillo; y que abajo, en el Pilar, se  suavizaban los repechos y el olivar  llegaba hasta las casas. Sabia, por que lo había visto, que la calle Real se llena de gente los días de mercado y que más arriba, junto al Ayuntamiento, aguardan los enfermos la consulta del médico.



Nela asociaba los olores sabidos a gentes o a vivencias; la colonia la asocia a colores vivos de faldas de muchachas o a pantalón vaquero; el estío  a sudor de bestias y a tubo de escape de tractor. Los festejos a turrón, y las ferias del pueblo, a pólvora y estruendo de cohetes. Ella, desde la oscuridad, podía ver el mundo como antes, con sus brillos y sus sombras, con sus prisas y sus pausas, con su andar cansino o sus bullas mas o menos justificadas. Nela podía seguir el calendario  asociado a los olores de cada esquina, de cada hora, de cada estación. En diciembre las matanzas, con las morcillas y los chorizos colgadas en las azoteas de las casas. En primavera, el romero y las lavandas, y los lirios de Cuestablanquilla. Para agosto, el campo todo que huele a rastrojos y a paja de yeros. Unos días mas tarde, tras las primeras lluvias de septiembre, el intensísimo olor a tierra mojada; y para San Miguel, el aroma a carne de membrillo y a jalea.   Por eso, por que se acostumbró poco a poco, la perra Nela, una vez ciega,  no había experimentado un cambio radical en su conducta. Vivía tan alegre como antes, tan confiada, tan llena de vida, tan normal: como otra perra labrador cualquiera, como otro animal mas del pueblo.