jueves, 12 de julio de 2012

Mercedes


MERCEDES







Mercedes, hija de la Manca, nació el año de los terremotos de 1880 y llegó a nuestros días como una pasa. Como una pasa autentica vestida de color pasa y arrugada como eso, como una pasa. Se ganó la vida llevando agua a las casas desde la fuente o desde el camión de Elodia. Se ayudaba de limosnas y de su condición de tonta: la tonta del pueblo.



El tonto del pueblo, le digo a Nela, suele ser un hombre o una mujer de reconocidas luces, o al menos así lo proclama la gente:


- Es muy fina, D. Fulano, te dicen – refiriéndose al tonto; Si usted supiera: hace de todo y no se le pasa una. Y se quedan tan frescos.


Ser el tonto oficial del pueblo tiene que ser pesado. Lo digo porque sospecho que hay que aguantar a los tontos reales que no tienen nombramiento.  Y de esos hay muchos, Nela: muchos más de los que uno piensa. Te los encuentras en los bares, en la Iglesia, en el Ayuntamiento, en las eras, en  las tiendas, en todas partes. Por eso es más difícil ser el tonto oficial que tonto del montón: porque tonto oficial no hay mas que uno y de los otros, legión.
 

Mercedes era la tonta oficial y, puedo dar fe de ello, era ciertamente una mujer con luces. Tenia permanentemente liadas en un pañolito  unas cuantas monedillas y los niños jugaban a quitárselas para  - como en el caso de Prudencio – sentir la sensación de peligro del pellizco retorcido, o arriesgarse al pescozón de Mercedes, o simplemente por oírla chillar defendiendo su tesoro mientras lo escondía en su miriñaque debajo del delantal.
 

Aquel día la broma fue distinta. Le hicieron subir hasta el Cerro con un cántaro de agua para un encargo ficticio.  Mientras Mercedes despotricaba por la calle de la Ermita, y los guasones se reían a sus anchas, Nela se acerco con sigilo  a la puerta entreabierta y lanzó un ladrido feroz a las espalda del guason-tonto no oficial. Mercedes le rascó en las orejas y continuó su camino hacia la plazoleta del Mastren voceando su clara mercancía: agua, agua, agua fresca.
 

Nela se vino hacia mí satisfecha. 

jueves, 28 de junio de 2012

La cola del médico

LA COLA DEL MÉDICO

En el pueblo. ir al médico es mas que estar enfermo. Ir al médico tiene su fundo y su forma, su antecedente y su consecuente. Uno se pone malo, como en todas partes, y acude a la consulta llanamente; pero el transfundo de la enfermedad es bastante más complejo. La enfermedad además de una dolencia, grande o chica, es un derecho y un acto social que confiere al paciente un cierto pedigrí. En el pueblo la enfermedad está asociada al paciente, su familia, sus antepasados o su fortuna. La enfermedad es, mas que está, en determinadas personas.

- A fulana ya le ha dado la diabetes de su madre. Vino ayer con los análisis y me lo dijo.

- Pues a los Gatos – la familia de los Gatos – no les ha dado el azúcar. Eso viene de Gumersindo el de la Niña Carmen.


Y conversaciones por el estilo.

En la cola del médico están los crónicos y los eventuales. Acuden también los recogerrecetas y los paniaguaos de los enfermos que no pueden acudir a la consulta.

Cuando el enfermo es agudo y relativamente grave, o así lo entiende el familiar afectado, lo llevan a la capital de inmediato, e ingresa por urgencias en le hospital. Familias hay que van a urgencias cinco o seis veces al año. Nadie se extraña de que fulano esté en urgencias, o haya llevado al hijo, o a la madre, o a la tía a la capital. Ir a urgencias no implica mucho. Ir a urgencias es como ir a la Farmacia o al practicante, o al curandero.

Cuando uno va al médico por lo particular la cosa cambia. Allí ya hay maldad preocupante y cierta.

Lo cierto es que Nela empieza a comprender la idiosincrasia de la consulta del medico y participa en ella, porque, en general los enfermos la quieren y la miman. Los enfermos llegan a la puerta del Ayuntamiento sobre las ocho de la mañana y hacen cola para coger numero y entrar los primeros.

- Así no tengo que esperar explica la Ramona cuando, después de dos horas de espera, le toca el numero dos.

Por lo particular, como decía antes, se invierte el proceso. Uno llega con cita a las seis y queda gustoso en la sala de espera hasta las ocho. Dos horas que uno paga y disfruta en silencio del silencio de los demás pacientes; porque por lo particular uno está callado y mustio, por que para eso está malo.

A Nela le cuesta entender estas cosas. Ella sabe que por la mañana le dan alguna cosilla, algún halago, algún saludo. Ella sabe que cada día hay en la Plaza ocho o diez personas que esperan, y sabe que están allí junto a la puerta que huele a alcohol y a potingue. Evito explicarle por qué la gente espera para no esperar y por que estar malo representa algo prestigioso si la afección es ligera. Son cosas de hombres, Nela, le digo; no intentes entender a lo humano, porque si todo lo humano fuera explicable ya no seria humano y en el fondo se desluciría y olería a pretencioso. Así que ante la cola del medico para no esperar saludamos, y continuamos camino de la panadería.

miércoles, 20 de junio de 2012

NELA, LA PERRA CIEGA


Nela se quedó ciega hace algún tiempo. Dice el veterinario que tiene una degeneración del nervio óptico. Perdió la vista poco a poco, en meses; de un enero a un mayo.  Esa fue su suerte: que aprendió y se adaptó a su ceguera  allá por septiembre. Para entonces, Nela había aprendido a andar por casa sin tropezar con los muebles; conocía el patio, la entrada del dormitorio, la cocina..., conocía el zaguán, las escaleras y tacto duro del acerado de la calle. Había escuchado cien veces el pregón de los vendedores de cualquier cosa y los distinguía sin dudar. Pero sobre todo Nela conocía y diferenciaba a la perfección los olores. Su mundo era un mundo de olor. A través del olor Nela sabia perfectamente el camino de la cocina, la situación del pajar o la ubicación exacta de la despensa. Sabia, porque lo había visto antes de quedar ciega, que el  pueblo aquel  donde vivía tenia calles empinadas en el Cerro o en los aledaños de la Ermita porque allí, junto a las estribaciones de las dehesas, olía a tomillo; y que abajo, en el Pilar, se  suavizaban los repechos y el olivar  llegaba hasta las casas. Sabia, por que lo había visto, que la calle Real se llena de gente los días de mercado y que más arriba, junto al Ayuntamiento, aguardan los enfermos la consulta del médico.



Nela asociaba los olores sabidos a gentes o a vivencias; la colonia la asocia a colores vivos de faldas de muchachas o a pantalón vaquero; el estío  a sudor de bestias y a tubo de escape de tractor. Los festejos a turrón, y las ferias del pueblo, a pólvora y estruendo de cohetes. Ella, desde la oscuridad, podía ver el mundo como antes, con sus brillos y sus sombras, con sus prisas y sus pausas, con su andar cansino o sus bullas mas o menos justificadas. Nela podía seguir el calendario  asociado a los olores de cada esquina, de cada hora, de cada estación. En diciembre las matanzas, con las morcillas y los chorizos colgadas en las azoteas de las casas. En primavera, el romero y las lavandas, y los lirios de Cuestablanquilla. Para agosto, el campo todo que huele a rastrojos y a paja de yeros. Unos días mas tarde, tras las primeras lluvias de septiembre, el intensísimo olor a tierra mojada; y para San Miguel, el aroma a carne de membrillo y a jalea.   Por eso, por que se acostumbró poco a poco, la perra Nela, una vez ciega,  no había experimentado un cambio radical en su conducta. Vivía tan alegre como antes, tan confiada, tan llena de vida, tan normal: como otra perra labrador cualquiera, como otro animal mas del pueblo.

sábado, 12 de mayo de 2012

la luz.


Cuando llegó la luz al pueblo, bastantes años después de acabada la Guerra, Nela ya estaba ciega, así que no pudo ver las bombillas luciendo, ni los preparativos que  para el recibimiento. Desde el municipio vecino, atravesando el prado, se colocaron los postes y se tendió el cable sobre aislantes de cristal verde.
 

Para el verano se anunció que el Caudillo nos traía la luz y el pueblo todo se vistió de gala para el evento. Las mujeres blanquearon los quicios de las puertas, barrieron y regaron los ruedos,  y en las casas  más pudientes hicieron acometidas de luz desde las fachadas. El cordón de la luz,  trenzado y blanco, sobre paredes blancas, se convirtió así en un signo de distinción y de poderío. El alumbrado público se limitó a diez bombillas: una en la Plaza, dos en la calle de la Ermita, dos en la Calle Real, otra en la Romanilla  - haciendo esquina con la calle de la Escuela -, otra en el Barranco a la salida de las Eras, otra en el Garibalto – que así llamaban al Barrio Alto -,  otra en la Higuera donde se despedían los muertos, y otro par de ellas no recuerdo donde. El encanto de aquel derroche estaba en sus carencias.  Un vecino apenas distinguía  a su compadre si se cruzaban después de las ocho a menos que se pusiera bajo  aquellos farolitos  de lata recortada que protegía la bombilla de las inclemencias. El pueblo seguía a oscuras, y las puertas y las ventanas de las casas apenas se distinguían con la llamita oscilante de un candil o una palmatoria.
 

            El día anunciado, a la tarde, los rapagones vaciaron melones y  sandias, y recortaron en las cascaras  estrellas, y peces,  y caras orondas.  Luego, los mozos metieron velas en las improvisadas luminarias, aún jugosas, y esperaron  a que llegara la noche. A las diez  salimos  a la calle a ver la luz. Cada cual acudió a su bombilla más cercana;  algunos llevaron taburetes o sillas para hacer mas cómoda la espera; otros se sentaron en el suelo, o en las pleitas  que colgaban de las puertas de la casa, o detuvieron sus cabalgaduras junto a los corrillos formados en las calles.  Minutos antes del gran momento, encendimos las velas y se hizo un silencio prolongado y expectante.  Cuando los filamentos se iluminaron, y unas suavisimas sombras se marcaron en las esquinas encaladas del pueblo la gente gritó: ¡ la luz!, ¡La luz! , todos siguieron a los niños que corrían por las calles con sus meloncillos iluminados camino de las diez bombillas que había traído Franco. 
 

Nela no supo bien que  pasaba, ni él por qué de tanta zahurda. Atemorizada, vino a mi vera calle arriba, calle abajo,  hasta que nos cansamos y nos sentamos en el banco del paseo. Mira, Nela, le dije: la luz es como la panadería, o la Iglesia, o el almacén de Paco López. La luz es la luz porque es noche cerrada cuando se enciende. La luz marca el camino cuando uno no ve, y está ciego,  y busca una referencia para llegar a casa.  Nela levantó la cabeza y no vio nada. 

De regreso a casa atisbé a Jesús que venia con su carga de esparto. Para Jesús no hubo festejo ni luces aquel día. Vaya usted con Dios, me dijo y torció por su calle.  Creo que Nela y él comprendieron, mejor que el resto de los parroquianos, el secreto de la electricidad. Para Jesús y para Nela el pueblo siguió siendo el pueblo de siempre, de sol a sol, de noche en noche, de canto del cuco a canto del cuco. Para ellos el pueblo siguió rigiéndose por el toque de la campana y el eco del vocero de garbanzos tostados. De vocero del amanecer a vocero del día siguiente, porque la luz, decían, no ha de cambiar la vida de las gentes, ni las calles, ni la campana a sus horas, ni el sermón del cura, ni la tienda de la Perona.

Desde aquel día, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y cuando la gente se acostumbró, y dejó de pasear a la tarde las diez bombillas de Franco, Nela supo que las tardes se alargaban, y que las gentes deambulaban por las calles con zalagarda hasta pasadas las doce.

lunes, 7 de mayo de 2012

Las pistolas de San José.


Al San José de la Iglesia le pusieron en la Guerra un par de pistolas. Sí, sí: una pistola en cada mano; una en la izquierda, que tenia libre, y segunda pistola  – malamente colocada – en la mano derecha con la que sostiene al Niño. La escultura primorosa de Risueño no protestó siquiera; se quedó con sus pistolas y ya está. En febrero de 1939 entraron los Nacionales en el Pueblo, y llegados que fueron a la Iglesia se encontraron al San José armado. Bueno, pues nada, que averiguaron al autor de la fechoría y se lo llevaron preso como luego se llevaron al Negro.

Tú, Nela, - le digo - no entiendes nada y eso te salva. Los humanos creemos que entendemos y sin embargo hacemos barbaridades tan completas como provocar el llanto en  las imágenes de Risueño, porque estoy seguro que aquel día del mes de febrero de 1939 el Niño Jesús lloró amargamente la ceguera de unos y de otros.

Tengo la impresión de que Nela me ha escuchado atentamente pero no me ha comprendido. Para ella los hombres ven. Ven como ella veía antes de su enfermedad. Ven como cuando corría por el campo sin necesidad de ir reconociendo los rincones, y las señas y contando los pasos. Para Nela los hombres tienen ojos y por ello ven y no comprende como puedo insinuarle lo contrario.  Mas despacio, mas sosegadamente, en el paseo de la tarde, he ido yo delante buscando referencias mías. Más sutiles, menos intuitivas que las suyas – quizás -, pero referencias al fin y al cabo. Una carta antigua y descolorida. Una foto de mi madre. Un juguete de la infancia. Son mis referencias, Nela, mis puntos de reencuentro para llegar a casa, mis añoranzas todas a las que me asió para no tropezar en mi ceguera. Sé por ellas quién soy, por donde camino y cuando, como ahora, comienza mi regreso.


Los soldados del 39, no tenían referencias, Nela.  A ellos, y a todos los soldados del mundo, se las quitaron mientras aprendían la instrucción.  A todos los que hicieron la Guerra les robaron sus caminos, sus veredas sin yerba, sus manantiales todos donde apaciguaban su sed. Muchos de los que hicieron la Guerra – de los dos bandos, Nela, de los dos bandos -  se quedaron ciegos para siempre. Los ojos se les secaron de horror, y la memoria suya de sus querencias viejas voló con los odios y las venganzas. Claro que Tú todo esto no lo sabes porque no has entrado jamas en la Iglesia, o a lo mejor  - así quiero creerlo – no lo sabes porque no haya existido. Eso seria estupendo: que la Guerra hubiera sido solo eso, una terrible y larga pesadilla. 






domingo, 6 de mayo de 2012

Los puntos de referencia



Cada tarde paseo con Nela a campo abierto. Tenemos las mismas preferencias, así que no cabe disgusto en la elección del camino. Bajamos por la calle de la Ermita hasta  la Romanilla. La Romanilla es la calle de la panadería; en ese punto torcemos a la izquierda y  continuamos hasta el almacén de  Paco López, y desde allí, ya casi a descubierto,  enderezamos hasta el cerrillo de San Isidro. A partir de los espartales contiguos suelto a Nela para que goce a sus anchas del campo.

El entramado urbano lo pasa Nela atada a mi mano y pegadita a mí. Creo que va contando mis pasos, mas que los suyos,  y así ahorra números. Sabe que salimos a las siete porque suena la campana, y que desde casa bajamos unos metros hasta la puerta de la sacristía. Suelen allí corretear los niños, esperar las beatas su turno  y  amonestarse  las jóvenes casaderas. Nela olfatea la cera, el olor especialísimo a lejía del suelo de la casa parroquial y se marcha diligente de allí. Prefiere la panadería y el pan de aceite, y las tortas que las mujeres llevan a cocer y sacan del horno aún calientes. Le fascina cuando cruzamos con una moza portando una de esas tortas  tapadas con un trapo blanco inmaculado.  Nela distingue el pan de aceite de la hogaza redonda o de una telera aún caliente y conoce con precisión la masa  de magdalenas de la hogaza redonda y humeante. Sé que prefiere la hogaza. Un día cayo una magdalena al suelo y fue a comerla. El papel la desconcertó hasta que sujetándolo con la mano pudo mordisquear el dulce. Desde entonces recela de ellas.

Procuro en los paseos no recorrer caminos nuevos sin advertirlo. ¡ Nela!, huele; hoy vamos a ir a la Vegueta; manténte atenta y mide la distancia; Y entonces se pega  de nuevo a mí para que le abroche el mosquetón y nos aventuramos por la carretera unos metros. Entonces serena los pasos y lo olfatea todo  para tomar secuencias de olores, puntos de referencia, sensaciones conocidas. He notado que al pisar el asfalto se detiene. Asocia el  peligro de los coches al mullido templado de la vía y aguarda expectante mi orden de cruzar. Vamos, le digo, y de un tironcito me lleva a la otra acera.

Supongo que todos somos un tanto como ella. Llevamos lo conocido en el alma y solo entre los puntos de referencia sabemos descansar. La sacristía esta bien saber donde está, incluso notar la Iglesia a tus espaldas y escuchar la campana. Es una buena referencia de partida, le digo; pero la panadería es la panadería y le explico como es el trigo en la era formando el pez; y como llega al almacén de Paco López, y como luego se hace harina blanca como la nieve, y como se esponja y crece en el horno. La panadería es una buena segunda referencia.  Luego llega lo nuevo, lo desconocido, el mañana. Uno no puede vivir sin un mañana, Nela. El futuro es la esencia de cada día para hacerse presente. Si no existiera el mañana, el hoy seria insufrible; si no existiera lo desconocido, los puertos esos de referencia nuestra, los goznes de la vida carecerían de sentido y el mundo nuestro, Nela, sería una cárcel, un callejón ancho quizás, pero sin salida. Creo que me ha entendido porque, sin dudarlo, se ha alejado unos pasos más allá de lo habitual y se ha perdido. La he visto  golpearse levemente con un árbol. Enseguida la he llamado: Vuelve, Nela, estoy aquí; y ha regresado  moviendo el rabo al reconocer mi voz.





miércoles, 2 de mayo de 2012

LAS ZAPATILLAS


LAS ZAPATILLAS





         Nela tiene la costumbre de sacar mis zapatillas hasta la puerta cuando vuelvo del campo. Me quito los zapatos embarrados o polvorientos, según la estación, y así no mancho el suelo, me porto con urbanidad, y sobre todo no escucho el rezongar do Toñi, la chacha, por ensuciar la solería. Hasta hace unos meses era la propia Toñi quien me alargaba las zapatillas al zaguán. Ahora lo hace Nela.


 Lo extraño es que Nela solo acude presta cuando vengo del campo. Si he ido a la ciudad, o al supermercado, o a la Iglesia, pasa de la atención y me recibe meneando la cola, pero sin zapatillas. Como es imposible que mi amiga sepa cuando mis zapatos están manchados y cuando no, he decidido investigar el asunto para explicarme la razón de su conducta. Pensé que sería el olor a romero, a lavanda o a paja de rastrojo. Así que al volver esta mañana de la ciudad me he detenido un instante, he cogido una ramita de mejorana  y me he restregado una pizca el pantalón. Nela ha salido a mi encuentro sin zapatillas, ha olido la costura de las vueltas y ha ladrado con rabia.
 

A la tarde hemos paseado juntos por las sementeras ya prietas de mayo. Las espigas se mecían acompasadas al son del canto de una calandria, y el campo tomaba ya el color rojizo del ocaso. De vuelta a casa mi amiga ha subido rauda las escaleras y me ha bajado las zapatillas. Ya entiendo, le dije: es el campo entero el que huele. Huele a solano limpio, huele a tarde y a brisa en la cara. Nela se ha tumbado y a mi vera, y yo, agradecido, he acariciado sus orejas. Supongo que sabe que nunca más jugaré a cambiar sus puntos de referencia.