jueves, 12 de julio de 2012

Mercedes


MERCEDES







Mercedes, hija de la Manca, nació el año de los terremotos de 1880 y llegó a nuestros días como una pasa. Como una pasa autentica vestida de color pasa y arrugada como eso, como una pasa. Se ganó la vida llevando agua a las casas desde la fuente o desde el camión de Elodia. Se ayudaba de limosnas y de su condición de tonta: la tonta del pueblo.



El tonto del pueblo, le digo a Nela, suele ser un hombre o una mujer de reconocidas luces, o al menos así lo proclama la gente:


- Es muy fina, D. Fulano, te dicen – refiriéndose al tonto; Si usted supiera: hace de todo y no se le pasa una. Y se quedan tan frescos.


Ser el tonto oficial del pueblo tiene que ser pesado. Lo digo porque sospecho que hay que aguantar a los tontos reales que no tienen nombramiento.  Y de esos hay muchos, Nela: muchos más de los que uno piensa. Te los encuentras en los bares, en la Iglesia, en el Ayuntamiento, en las eras, en  las tiendas, en todas partes. Por eso es más difícil ser el tonto oficial que tonto del montón: porque tonto oficial no hay mas que uno y de los otros, legión.
 

Mercedes era la tonta oficial y, puedo dar fe de ello, era ciertamente una mujer con luces. Tenia permanentemente liadas en un pañolito  unas cuantas monedillas y los niños jugaban a quitárselas para  - como en el caso de Prudencio – sentir la sensación de peligro del pellizco retorcido, o arriesgarse al pescozón de Mercedes, o simplemente por oírla chillar defendiendo su tesoro mientras lo escondía en su miriñaque debajo del delantal.
 

Aquel día la broma fue distinta. Le hicieron subir hasta el Cerro con un cántaro de agua para un encargo ficticio.  Mientras Mercedes despotricaba por la calle de la Ermita, y los guasones se reían a sus anchas, Nela se acerco con sigilo  a la puerta entreabierta y lanzó un ladrido feroz a las espalda del guason-tonto no oficial. Mercedes le rascó en las orejas y continuó su camino hacia la plazoleta del Mastren voceando su clara mercancía: agua, agua, agua fresca.
 

Nela se vino hacia mí satisfecha. 

jueves, 28 de junio de 2012

La cola del médico

LA COLA DEL MÉDICO

En el pueblo. ir al médico es mas que estar enfermo. Ir al médico tiene su fundo y su forma, su antecedente y su consecuente. Uno se pone malo, como en todas partes, y acude a la consulta llanamente; pero el transfundo de la enfermedad es bastante más complejo. La enfermedad además de una dolencia, grande o chica, es un derecho y un acto social que confiere al paciente un cierto pedigrí. En el pueblo la enfermedad está asociada al paciente, su familia, sus antepasados o su fortuna. La enfermedad es, mas que está, en determinadas personas.

- A fulana ya le ha dado la diabetes de su madre. Vino ayer con los análisis y me lo dijo.

- Pues a los Gatos – la familia de los Gatos – no les ha dado el azúcar. Eso viene de Gumersindo el de la Niña Carmen.


Y conversaciones por el estilo.

En la cola del médico están los crónicos y los eventuales. Acuden también los recogerrecetas y los paniaguaos de los enfermos que no pueden acudir a la consulta.

Cuando el enfermo es agudo y relativamente grave, o así lo entiende el familiar afectado, lo llevan a la capital de inmediato, e ingresa por urgencias en le hospital. Familias hay que van a urgencias cinco o seis veces al año. Nadie se extraña de que fulano esté en urgencias, o haya llevado al hijo, o a la madre, o a la tía a la capital. Ir a urgencias no implica mucho. Ir a urgencias es como ir a la Farmacia o al practicante, o al curandero.

Cuando uno va al médico por lo particular la cosa cambia. Allí ya hay maldad preocupante y cierta.

Lo cierto es que Nela empieza a comprender la idiosincrasia de la consulta del medico y participa en ella, porque, en general los enfermos la quieren y la miman. Los enfermos llegan a la puerta del Ayuntamiento sobre las ocho de la mañana y hacen cola para coger numero y entrar los primeros.

- Así no tengo que esperar explica la Ramona cuando, después de dos horas de espera, le toca el numero dos.

Por lo particular, como decía antes, se invierte el proceso. Uno llega con cita a las seis y queda gustoso en la sala de espera hasta las ocho. Dos horas que uno paga y disfruta en silencio del silencio de los demás pacientes; porque por lo particular uno está callado y mustio, por que para eso está malo.

A Nela le cuesta entender estas cosas. Ella sabe que por la mañana le dan alguna cosilla, algún halago, algún saludo. Ella sabe que cada día hay en la Plaza ocho o diez personas que esperan, y sabe que están allí junto a la puerta que huele a alcohol y a potingue. Evito explicarle por qué la gente espera para no esperar y por que estar malo representa algo prestigioso si la afección es ligera. Son cosas de hombres, Nela, le digo; no intentes entender a lo humano, porque si todo lo humano fuera explicable ya no seria humano y en el fondo se desluciría y olería a pretencioso. Así que ante la cola del medico para no esperar saludamos, y continuamos camino de la panadería.

miércoles, 20 de junio de 2012

NELA, LA PERRA CIEGA


Nela se quedó ciega hace algún tiempo. Dice el veterinario que tiene una degeneración del nervio óptico. Perdió la vista poco a poco, en meses; de un enero a un mayo.  Esa fue su suerte: que aprendió y se adaptó a su ceguera  allá por septiembre. Para entonces, Nela había aprendido a andar por casa sin tropezar con los muebles; conocía el patio, la entrada del dormitorio, la cocina..., conocía el zaguán, las escaleras y tacto duro del acerado de la calle. Había escuchado cien veces el pregón de los vendedores de cualquier cosa y los distinguía sin dudar. Pero sobre todo Nela conocía y diferenciaba a la perfección los olores. Su mundo era un mundo de olor. A través del olor Nela sabia perfectamente el camino de la cocina, la situación del pajar o la ubicación exacta de la despensa. Sabia, porque lo había visto antes de quedar ciega, que el  pueblo aquel  donde vivía tenia calles empinadas en el Cerro o en los aledaños de la Ermita porque allí, junto a las estribaciones de las dehesas, olía a tomillo; y que abajo, en el Pilar, se  suavizaban los repechos y el olivar  llegaba hasta las casas. Sabia, por que lo había visto, que la calle Real se llena de gente los días de mercado y que más arriba, junto al Ayuntamiento, aguardan los enfermos la consulta del médico.



Nela asociaba los olores sabidos a gentes o a vivencias; la colonia la asocia a colores vivos de faldas de muchachas o a pantalón vaquero; el estío  a sudor de bestias y a tubo de escape de tractor. Los festejos a turrón, y las ferias del pueblo, a pólvora y estruendo de cohetes. Ella, desde la oscuridad, podía ver el mundo como antes, con sus brillos y sus sombras, con sus prisas y sus pausas, con su andar cansino o sus bullas mas o menos justificadas. Nela podía seguir el calendario  asociado a los olores de cada esquina, de cada hora, de cada estación. En diciembre las matanzas, con las morcillas y los chorizos colgadas en las azoteas de las casas. En primavera, el romero y las lavandas, y los lirios de Cuestablanquilla. Para agosto, el campo todo que huele a rastrojos y a paja de yeros. Unos días mas tarde, tras las primeras lluvias de septiembre, el intensísimo olor a tierra mojada; y para San Miguel, el aroma a carne de membrillo y a jalea.   Por eso, por que se acostumbró poco a poco, la perra Nela, una vez ciega,  no había experimentado un cambio radical en su conducta. Vivía tan alegre como antes, tan confiada, tan llena de vida, tan normal: como otra perra labrador cualquiera, como otro animal mas del pueblo.

sábado, 12 de mayo de 2012

la luz.


Cuando llegó la luz al pueblo, bastantes años después de acabada la Guerra, Nela ya estaba ciega, así que no pudo ver las bombillas luciendo, ni los preparativos que  para el recibimiento. Desde el municipio vecino, atravesando el prado, se colocaron los postes y se tendió el cable sobre aislantes de cristal verde.
 

Para el verano se anunció que el Caudillo nos traía la luz y el pueblo todo se vistió de gala para el evento. Las mujeres blanquearon los quicios de las puertas, barrieron y regaron los ruedos,  y en las casas  más pudientes hicieron acometidas de luz desde las fachadas. El cordón de la luz,  trenzado y blanco, sobre paredes blancas, se convirtió así en un signo de distinción y de poderío. El alumbrado público se limitó a diez bombillas: una en la Plaza, dos en la calle de la Ermita, dos en la Calle Real, otra en la Romanilla  - haciendo esquina con la calle de la Escuela -, otra en el Barranco a la salida de las Eras, otra en el Garibalto – que así llamaban al Barrio Alto -,  otra en la Higuera donde se despedían los muertos, y otro par de ellas no recuerdo donde. El encanto de aquel derroche estaba en sus carencias.  Un vecino apenas distinguía  a su compadre si se cruzaban después de las ocho a menos que se pusiera bajo  aquellos farolitos  de lata recortada que protegía la bombilla de las inclemencias. El pueblo seguía a oscuras, y las puertas y las ventanas de las casas apenas se distinguían con la llamita oscilante de un candil o una palmatoria.
 

            El día anunciado, a la tarde, los rapagones vaciaron melones y  sandias, y recortaron en las cascaras  estrellas, y peces,  y caras orondas.  Luego, los mozos metieron velas en las improvisadas luminarias, aún jugosas, y esperaron  a que llegara la noche. A las diez  salimos  a la calle a ver la luz. Cada cual acudió a su bombilla más cercana;  algunos llevaron taburetes o sillas para hacer mas cómoda la espera; otros se sentaron en el suelo, o en las pleitas  que colgaban de las puertas de la casa, o detuvieron sus cabalgaduras junto a los corrillos formados en las calles.  Minutos antes del gran momento, encendimos las velas y se hizo un silencio prolongado y expectante.  Cuando los filamentos se iluminaron, y unas suavisimas sombras se marcaron en las esquinas encaladas del pueblo la gente gritó: ¡ la luz!, ¡La luz! , todos siguieron a los niños que corrían por las calles con sus meloncillos iluminados camino de las diez bombillas que había traído Franco. 
 

Nela no supo bien que  pasaba, ni él por qué de tanta zahurda. Atemorizada, vino a mi vera calle arriba, calle abajo,  hasta que nos cansamos y nos sentamos en el banco del paseo. Mira, Nela, le dije: la luz es como la panadería, o la Iglesia, o el almacén de Paco López. La luz es la luz porque es noche cerrada cuando se enciende. La luz marca el camino cuando uno no ve, y está ciego,  y busca una referencia para llegar a casa.  Nela levantó la cabeza y no vio nada. 

De regreso a casa atisbé a Jesús que venia con su carga de esparto. Para Jesús no hubo festejo ni luces aquel día. Vaya usted con Dios, me dijo y torció por su calle.  Creo que Nela y él comprendieron, mejor que el resto de los parroquianos, el secreto de la electricidad. Para Jesús y para Nela el pueblo siguió siendo el pueblo de siempre, de sol a sol, de noche en noche, de canto del cuco a canto del cuco. Para ellos el pueblo siguió rigiéndose por el toque de la campana y el eco del vocero de garbanzos tostados. De vocero del amanecer a vocero del día siguiente, porque la luz, decían, no ha de cambiar la vida de las gentes, ni las calles, ni la campana a sus horas, ni el sermón del cura, ni la tienda de la Perona.

Desde aquel día, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y cuando la gente se acostumbró, y dejó de pasear a la tarde las diez bombillas de Franco, Nela supo que las tardes se alargaban, y que las gentes deambulaban por las calles con zalagarda hasta pasadas las doce.

lunes, 7 de mayo de 2012

Las pistolas de San José.


Al San José de la Iglesia le pusieron en la Guerra un par de pistolas. Sí, sí: una pistola en cada mano; una en la izquierda, que tenia libre, y segunda pistola  – malamente colocada – en la mano derecha con la que sostiene al Niño. La escultura primorosa de Risueño no protestó siquiera; se quedó con sus pistolas y ya está. En febrero de 1939 entraron los Nacionales en el Pueblo, y llegados que fueron a la Iglesia se encontraron al San José armado. Bueno, pues nada, que averiguaron al autor de la fechoría y se lo llevaron preso como luego se llevaron al Negro.

Tú, Nela, - le digo - no entiendes nada y eso te salva. Los humanos creemos que entendemos y sin embargo hacemos barbaridades tan completas como provocar el llanto en  las imágenes de Risueño, porque estoy seguro que aquel día del mes de febrero de 1939 el Niño Jesús lloró amargamente la ceguera de unos y de otros.

Tengo la impresión de que Nela me ha escuchado atentamente pero no me ha comprendido. Para ella los hombres ven. Ven como ella veía antes de su enfermedad. Ven como cuando corría por el campo sin necesidad de ir reconociendo los rincones, y las señas y contando los pasos. Para Nela los hombres tienen ojos y por ello ven y no comprende como puedo insinuarle lo contrario.  Mas despacio, mas sosegadamente, en el paseo de la tarde, he ido yo delante buscando referencias mías. Más sutiles, menos intuitivas que las suyas – quizás -, pero referencias al fin y al cabo. Una carta antigua y descolorida. Una foto de mi madre. Un juguete de la infancia. Son mis referencias, Nela, mis puntos de reencuentro para llegar a casa, mis añoranzas todas a las que me asió para no tropezar en mi ceguera. Sé por ellas quién soy, por donde camino y cuando, como ahora, comienza mi regreso.


Los soldados del 39, no tenían referencias, Nela.  A ellos, y a todos los soldados del mundo, se las quitaron mientras aprendían la instrucción.  A todos los que hicieron la Guerra les robaron sus caminos, sus veredas sin yerba, sus manantiales todos donde apaciguaban su sed. Muchos de los que hicieron la Guerra – de los dos bandos, Nela, de los dos bandos -  se quedaron ciegos para siempre. Los ojos se les secaron de horror, y la memoria suya de sus querencias viejas voló con los odios y las venganzas. Claro que Tú todo esto no lo sabes porque no has entrado jamas en la Iglesia, o a lo mejor  - así quiero creerlo – no lo sabes porque no haya existido. Eso seria estupendo: que la Guerra hubiera sido solo eso, una terrible y larga pesadilla. 






domingo, 6 de mayo de 2012

Los puntos de referencia



Cada tarde paseo con Nela a campo abierto. Tenemos las mismas preferencias, así que no cabe disgusto en la elección del camino. Bajamos por la calle de la Ermita hasta  la Romanilla. La Romanilla es la calle de la panadería; en ese punto torcemos a la izquierda y  continuamos hasta el almacén de  Paco López, y desde allí, ya casi a descubierto,  enderezamos hasta el cerrillo de San Isidro. A partir de los espartales contiguos suelto a Nela para que goce a sus anchas del campo.

El entramado urbano lo pasa Nela atada a mi mano y pegadita a mí. Creo que va contando mis pasos, mas que los suyos,  y así ahorra números. Sabe que salimos a las siete porque suena la campana, y que desde casa bajamos unos metros hasta la puerta de la sacristía. Suelen allí corretear los niños, esperar las beatas su turno  y  amonestarse  las jóvenes casaderas. Nela olfatea la cera, el olor especialísimo a lejía del suelo de la casa parroquial y se marcha diligente de allí. Prefiere la panadería y el pan de aceite, y las tortas que las mujeres llevan a cocer y sacan del horno aún calientes. Le fascina cuando cruzamos con una moza portando una de esas tortas  tapadas con un trapo blanco inmaculado.  Nela distingue el pan de aceite de la hogaza redonda o de una telera aún caliente y conoce con precisión la masa  de magdalenas de la hogaza redonda y humeante. Sé que prefiere la hogaza. Un día cayo una magdalena al suelo y fue a comerla. El papel la desconcertó hasta que sujetándolo con la mano pudo mordisquear el dulce. Desde entonces recela de ellas.

Procuro en los paseos no recorrer caminos nuevos sin advertirlo. ¡ Nela!, huele; hoy vamos a ir a la Vegueta; manténte atenta y mide la distancia; Y entonces se pega  de nuevo a mí para que le abroche el mosquetón y nos aventuramos por la carretera unos metros. Entonces serena los pasos y lo olfatea todo  para tomar secuencias de olores, puntos de referencia, sensaciones conocidas. He notado que al pisar el asfalto se detiene. Asocia el  peligro de los coches al mullido templado de la vía y aguarda expectante mi orden de cruzar. Vamos, le digo, y de un tironcito me lleva a la otra acera.

Supongo que todos somos un tanto como ella. Llevamos lo conocido en el alma y solo entre los puntos de referencia sabemos descansar. La sacristía esta bien saber donde está, incluso notar la Iglesia a tus espaldas y escuchar la campana. Es una buena referencia de partida, le digo; pero la panadería es la panadería y le explico como es el trigo en la era formando el pez; y como llega al almacén de Paco López, y como luego se hace harina blanca como la nieve, y como se esponja y crece en el horno. La panadería es una buena segunda referencia.  Luego llega lo nuevo, lo desconocido, el mañana. Uno no puede vivir sin un mañana, Nela. El futuro es la esencia de cada día para hacerse presente. Si no existiera el mañana, el hoy seria insufrible; si no existiera lo desconocido, los puertos esos de referencia nuestra, los goznes de la vida carecerían de sentido y el mundo nuestro, Nela, sería una cárcel, un callejón ancho quizás, pero sin salida. Creo que me ha entendido porque, sin dudarlo, se ha alejado unos pasos más allá de lo habitual y se ha perdido. La he visto  golpearse levemente con un árbol. Enseguida la he llamado: Vuelve, Nela, estoy aquí; y ha regresado  moviendo el rabo al reconocer mi voz.





miércoles, 2 de mayo de 2012

LAS ZAPATILLAS


LAS ZAPATILLAS





         Nela tiene la costumbre de sacar mis zapatillas hasta la puerta cuando vuelvo del campo. Me quito los zapatos embarrados o polvorientos, según la estación, y así no mancho el suelo, me porto con urbanidad, y sobre todo no escucho el rezongar do Toñi, la chacha, por ensuciar la solería. Hasta hace unos meses era la propia Toñi quien me alargaba las zapatillas al zaguán. Ahora lo hace Nela.


 Lo extraño es que Nela solo acude presta cuando vengo del campo. Si he ido a la ciudad, o al supermercado, o a la Iglesia, pasa de la atención y me recibe meneando la cola, pero sin zapatillas. Como es imposible que mi amiga sepa cuando mis zapatos están manchados y cuando no, he decidido investigar el asunto para explicarme la razón de su conducta. Pensé que sería el olor a romero, a lavanda o a paja de rastrojo. Así que al volver esta mañana de la ciudad me he detenido un instante, he cogido una ramita de mejorana  y me he restregado una pizca el pantalón. Nela ha salido a mi encuentro sin zapatillas, ha olido la costura de las vueltas y ha ladrado con rabia.
 

A la tarde hemos paseado juntos por las sementeras ya prietas de mayo. Las espigas se mecían acompasadas al son del canto de una calandria, y el campo tomaba ya el color rojizo del ocaso. De vuelta a casa mi amiga ha subido rauda las escaleras y me ha bajado las zapatillas. Ya entiendo, le dije: es el campo entero el que huele. Huele a solano limpio, huele a tarde y a brisa en la cara. Nela se ha tumbado y a mi vera, y yo, agradecido, he acariciado sus orejas. Supongo que sabe que nunca más jugaré a cambiar sus puntos de referencia.  

domingo, 29 de abril de 2012

Ha llegado tu silencio

Llegó el silencio al alma:
se hizo alma, esencia de alma, yugo;
silencio que ya es cárcel, y soga, y lejanía;
ausencia de esperanza  amalgamada
a tus ojos y al  recuerdo tuyo.

Silencio carcelero de  nostalgias,
ahogando campanas perdidas y alejadas.
Ha llegado el silencio en el estío;
se ha aferrado a tu ausencia y a la tarde;
a noches sin murmullos y trigos sin espiga.


Ha llegado el silencio a cobijarse
en el ultimo brote de esperanza.

El dia de los difuntos


El día de los difuntos es un día especial.  Sobre la mesa de mármol de la Sala Cuadrada se coloca cada año un platito con aceite y en él se bañan tantas lamparillas como muertos hay en la familia. Huele a cera, a torcida de candil y a gachas.

 Antes se vendían crisantemos, o las ultimas rosas, o algún ramillete de violetas. No era fácil encontrar otras flores, que en noviembre no abundan en mi pueblo ningún otro, y menos gladiolos, o tulipas, o claveles.  Con las flores a cuestas,  un caldero con agua, un almocafre y un trapo de fregar las mujeres enlutadas enfilan hacia el campo santo.  Ahora hay flores de plástico, y ramos exóticos, y coches apilados en la puerta del cementerio. Ahora sigue sin oler mas que a muerto pero los colores mil y la bullanga han llegado hasta la tierra estéril de las tumbas.

He llevado a Nela al cementerio y nos quedamos, por respeto, en la puerta. Jesús pasa con un almocafre. Voy a quitarle a mi padre la grama, nos ha dicho. No le gustaba la grama; y  sigue su camino.

Al volver a la casa apago las velas. Crepitan con lucecilla tenue las que pegan al filo del aceite y sienten la humedad del plato y Nela se inquieta. Las almas le digo deben volar hacia el Eterno en libertad. Los hombres intentamos iluminar su recuerdo y plantamos mariposas en la noche. Es por miedo, sabes; por miedo a perder las referencias. Como las tuyas; como lo es la sacristía, la casa de Prudencio o el almacén de Paco López. Los hombres creen que la luz es un punto de partida, una constante de su ver, una señal en lo infinito. Por eso asocian la lamparilla a la eternidad. ¿Entiendes?. Nela mueve el rabo y  comparte conmigo la añoranza de los difuntos y un platito de gachas.


jueves, 26 de abril de 2012

PRUDENCIO






PRUDENCIO





Hoy nos hemos cruzado con Prudencio. Prudencio es un hombre grande, destartalado, inclinado un poco hacia delante desde los pies a la cintura, y girado un poco también a su derecha desde la cintura a la cabeza. Se diría que va mirando de reojo a los niños que a veces lo siguen y le cantan: ¡ Prudencio tiene hambre,  - o sueño, o una camisa, o miga, o cualquier cosa – ¡  para terminar con  Prudencio va en silencio ¡, y corren  alrededor de su garrota con el peligro cierto del garrotazo y la emoción de esquivarlo.  Que se sepa, Prudencio jamás ha alcanzado a ninguno, ni ha hecho mal a nadie, ni ha salido apenas de casa. 



La casa de Prudencio tiene una fascinación especial: no es grande, ni pequeña, ni nueva, ni desvencijada. La casa de Prudencio es simple, absolutamente sencilla, absolutamente normal. Tiene una puerta más baja que Prudencio; dos plantas y cuatro ventanas iguales pintadas de verde.  Le cuento a Nela que cuando los niños pasan por la puerta de la casa de Prudencio siempre se dan una carrerita, e incluso los adultos aceleran el paso.   Prudencio  Vive en la Romanilla, junto a la panadería y la Iglesia. Su camino diario es tan constante como él mismo: sale de casa, compra una barra de pan, sube por la calle de la Ermita, musita algo a la puerta del templo y baja por la calle de la Escuela hasta su casa.  Prudencio pasa por delante de la Escuela a la hora del recreo, se diría que para exaltar el animo de la chiquillada,  y se encierra en su patio hasta el día siguiente.  A la tarde acude Ursula, la mujer de la limpieza; hace la comida, arregla la casa y, sin faltar un solo día, barre y riega la acera de la puerta. Si se tercia se lía a escobazos con el primer mozalbillo que intente mirar por las ventanas de la casa.  En el pueblo, cada vecino es dueño  de su acera  - dueño para barrer y regar – y la acera de Prudencio está más limpia que el sol.



Nela no sabe él por qué de la carrerilla instintiva al pasar por la casa de Prudencio. Un día y otro y otro me mira desconcertada cuando acelero el paso. Vamos Nela, le digo, y con un tironcito le conmino a seguirme.  Desde el lunes todo es diferente; El lunes, Prudencio volvía de la panadería y obsequió a Nela con un trozo de pan. Este animal tiene cara de inteligente – dijo -, y siguió su camino. Vaya usted con Dios, fue mi respuesta, pero para entonces Prudencio ya estaba lejos. A partir de ese día, Nela no me obedece y se apostilla unos instantes en la acera impoluta, y vuelve la cabeza y espera al viejo gruñón moviendo ligeramente el rabo.



            Creo que Nela ha adivinado la historia de Prudencio y sabe que a los cinco años murió su madre, y que el niño Prudencio se quedó llorando y pataleando y aún sigue así hasta la presente; Prudencio sigue gruñendo y pataleando, aunque ahora esté algo inclinado hacia delante y hacia la derecha. Supongo que Nela lo ha intuido  y entiende que los hombres  gruñan cuando tienen miedo, cuando están perdidos, cuando están ciegos, aunque sus ojos  vean.  Nela  ha intuido que un día Prudencio niño  se quedó solo, absolutamente solo, absolutamente perdido, y tuvo miedo.  Nela lo entiende por que gruñir es su reacción natural de ciega cuando pierde la referencia de la panadería, o del almacén de Paco López, o del tomillar de San Isidro.  Claro que para eso yo estoy  cerca y la llamo y le digo: vamos Nela vuelve, y ella regresa a mi lado mascullando, eso sí, un leve quejido.




domingo, 15 de abril de 2012

Teodosia




Teodosia es pequeña, encorvada, casi inmaterial. Si no fuera por su vestido negro zaino apenas se la vería. Vive arriba, junto a la Ermita, en una casilla  hecha a su tamaño. Teodosia colecciona santos como otros coleccionan sellos o soldaditos de plomo. Tiene santos de todos los tamaños y colores. Santos de madera, de escayola, de trapo, de porcelana. Tiene incluso una Virgen de Fátima fosforescente, y otra metida en una bola de cristal que al darle la vuelta nieva o llueve y caen motitas sobre su cabeza.


De sus diez hijos, solo le quedan dos, y en el cementerio; los otros emigraron a Barcelona, a Bilbao, a Alemania; así que los santos han ocupado el lugar de sus hijos, y los atiende, los limpia y les pone flores, y les lava las túnicas y los cambia de sitio, y les habla y, en una palabra, vive con sus santos tan requetebién.


Para Teodosia no existe el tiempo ni las preocupaciones, ni las prisas, ni más avatar que los rezos y los santos; así que Teodosia es casi eterna como la sombra de un olivo. Aparece y desaparece con el sol de la tarde asociada a la Iglesia, a la sacristía, a la Ermita y sobre todo a su casa, a los santos de su casa. Por eso cuando el tejado hizo aguas, vaya que tuvo goteras,  nadie se extrañó de que sus rezos tuvieran eco allá en lo alto. Un remolino poderoso - como un efirt de las Mil y Una Noche - levantó la uralita del pajar del vecino y la depositó sobre la casa de Teodosia.


Cuando Nela me acompañó a ver el milagro husmeó nerviosa en el zaguán el olor de la cera y ladró bajito una o dos veces. Yo la tranquilicé rascándole las orejas y bajamos sin más por la calle de la Escuela. Y es que Nela sabe que los milagros existen, pero creo, sinceramente, que a ella no le gustan demasiado.


Ya en casa, intenté explicarle el sentido de las imágenes. Cada cual Nela, le dije, ve al Eterno con los ojos que Dios le ha dado. El problema es ver, Nela, intuir el mas allá, sentir al Todopoderoso de alguna manera, de alguna forma, aunque sea en una Virgen fosforescente. Tú no tienes ojos, y ves. Nosotros tampoco, y nos apañamos con lo que podemos. ¿ Entiendes?. Entonces Nela subió y bajó la escalera para demostrarme que lo había entendido. Luego se fue a su rincón y se tumbó plácidamente.

miércoles, 11 de abril de 2012

Las cabras del Concejo.





LAS CABRAS DEL CONCEJO


 

Las cabras del Concejo pastan en los pastos comunales. Son negras; absolutamente negras; negras  como el vestido de Teodosia. Cuando  pintan una cabrita blanca en los cuentos de los niños, no saben lo que dicen. Las cabras del pueblo, le digo a Nela, son negras, porque así lo ha mandado el Sereno. Y los machos negros y los chotos negros. Yaya, que si sale una rubia, el Sereno la desecha o la envía a otra piara porque dice, en sus luces, que las cabras deben ser como Dios las hizo: es decir negras.

Le cuento esto a Nela porque ella, antes, gustaba de salir a la puerta de la calle de la Ermita y verlas entrar cada una en su casa sin error ni duda. Era aquella una hora feliz; un momento mágico. Las cabras conocen como tú, le digo, las referencias de su portal, la llamada de su cría, y la voz de su dueño. Las cabras del Concejo, antes,  se precipitaban calle abajo como una baraúnda de negrura hasta que se detenían  – cada una – en su corral. Allí las ordeñaban o le daban de mamar a los chotos y desde cada puerta, al día siguiente,   se reincorporaban a la manada. El pastor, el Sereno, solo tenia que subir desde el Pilar a la Ermita haciendo sonar sus cencerros para que salieran todas sin tardanza, y marcharan calle arriba hacia la Serrezuela o hacia los pagos de Cantarrana.

 Ahora no. Ahora, Nela, para que no ensucien el asfalto, han construido un aprisco a las afueras del pueblo, y allí se guarda el ganado. Por eso no las ves bajar. Antonio, el Alcalde, ha comprado un camión que sube y recoge la leche y se la llevan a una factoría, y la meten en un cartón y nos la devuelven hervida y esterilizada y desnatada y enriquecida. Luego la compras, abres el cartón y ..., mejor que no intente explicarte a lo que sabe la leche; más dificil que explicarte lo del pendiente. Ahora, amiga, las cabras no entran en el Pueblo aunque eso sí, Nela, al menos las del Sereno,  gracias a Dios, siguen siendo negras. Nela se ha tranquilizado un poco y ha dejado de ladrar  esperando al Concejo que no llega.

 El problema  es que nosotros, como las cabras, perdamos la querencia; querencia a nuestra casa, a nuestro choto, a una puerta igual a todas las demás, pero que es única porque es nuestra. Lo peor de todo, Nela, es que el Alcalde compre un camión de nostalgias y nos la lleve todas a una fosa común, a un olvido cierto.  Claro que son los tiempos, le digo, y nos vamos. Nela me ha seguido, pero sin mover el rabo.








martes, 10 de abril de 2012

EL PENDIENTE

                                                                

 Le cuento a Nela que los mozos modernos llevan pendientes. Es difícil explicárselo pues los pendientes no huelen. Los pendientes son metálicos, brillantes, acerados, lacerantes, y algunas cosas más. Pero claro, todos estos adjetivos son  ciertamente abstractos, y lo abstracto, para una perra ciega, es duro de entender. Para saber como es un pendiente de mozo moderno hay que tener alma de mozo punky,  o al menos, y ante lo imposible para ella y para mí de esta posesión espiritual, hay que tener mechones rojos, o violetas, en el pelo . 

Lo mas complicado es que  cuando Nela veía, los mozos no usaban tales adminículos y por lo tanto mi amiga no asocia el pendiente a ninguna imagen previa, ni sabe bien la relación del pendiente con el sentimiento de prevención que suscita en mí. Ella nota que la cadena suya se tensa; sabe que nos pegamos a la pared de la sacristía, o de la escuela, o de cualquier casa - cuando pasa uno de estos mozos - y sabe que luego, con frecuencia, suena un ruido infernal de moto sin escape que arrecia al aproximarse, y se hace insufrible. También sabe Nela que inmediatamente el ruido se aleja calle de la Ermita arriba o camino de las eras. Tranquila, Nela, tranquila: ya pasó el punki de los cojones -  le digo – y continuamos nuestra marcha.

Una mañana intenté  asociar el punky a un hecho concreto y así hacerla comprender  lo que significa el pendiente de mancho adolescente moderno. Salimos, según constumbre, a comprar el pan, y  al pasar por la acera de Prudencio  vi aparecer  un chucho barjero indefinible.  Con mas miedo que otra cosa, el chucho se acercó a nosotros y olió a Nela unos instantes. Nela, que no estaba en celo, bajó el rabo y continuó su andar imperturbable. Ursula, la mujer de la limpieza de Prudencio, pintaba en aquel momento la reja de una ventana de verde, así que todo fue coser y cantar: con un alfilerito le pinché a Nela en una oreja y luego le pinté un mechoncito de verde junto al hocico al chucho intruso. Ves, le dije a Nela : tú no estás en celo y a tu admirado le huele el hocico a pintura...¿entiendes?: eso es un pendiente de punky.

 Nela se pegó a la pared y esperó que sonara el ruido infernal de la moto mirando hacia el perro barjero que unos metros mas arriba había detenido su paso e intentaba quitarse la pintura.  Pero como no había moto – pues de momento los perros barjeros no tienen moto -, mi amiga no comprendió nada. Testarudo, intenté explicarle las analogías trasnochadas del punky, la pintura, y el pinchazo en la oreja:


-          Ves Nela: los mozos son así, como el chucho: tienen miedo, o vergüenza, o se sienten pequeños, o torpes, o indecisos y entonces se ponen un distintivo, una señal, un estandarte para olvidar su pequeñez. ¿ Lo entiendes? ; con el pendiente puesto ya es otra cosa; con el pendiente puesto pueden acercarse rápidamente hasta nosotros y huir de estampida, y hacer ruido, e impresionar, y atemorizar, y reafirmar su poderío incipiente. No son malos, Nela: son solo pequeños como tú y como yo, y como todo el mundo.

Nela me miró perpleja.

A la mañana siguiente hicimos el mismo recorrido. Cogí un arete del tocador de una de mis hijas y me lancé a la calle. Ursula seguía pintando las rejas de Prudencio y estaba en aquel trance remangada y hermosa; así que  esta vez intenté explicarle a Nela  lo del punky desde otra perspectiva. Me acerqué a Ursula, le pinché a la perra con el alfilerito, y le dije a la atareada pintora:

-          Buenos días Ursula; esta usted de buen ver esta mañana, ¿ me permite? ;

 Y fui yo, en esta ocasión, el que se pintó – mas de lo previsto – media frente  de verde.  Ursula me miró perpleja. ¿está usted bien?... - me dijo -.
   
            -          La que está bien es usted, Ursula... y me alejé como si nada.


 Al doblar la esquina   - para que no me viera mi admirada Ursula  - tomé aire, miré a derecha e izquierda par cerciorarme de mi soledad y;  ¡ Ruuuum, Rummmm!, hice el ruido de una moto ciertamente birriosa y con escape.  Nela no se pegó a la pared sino que desde el centro de la calle me ladró con rabia. Yo me sentí, ante ella, haciendo de moto y con la frente verde un pelín ridículo.

 He decidido no explicarle más lo de los mozos modernos. Y es que uno no puede – le digo -  expresar algo que no lleve en el alma. Esa es la cuestión Nela: solo se puede expresar medio bien lo que llevas en el alma. Los hombres somos complicados. Unas veces estamos ciegos. Otras lo aparentamos. Otras pensamos que los ciegos son los demás, y  casi siempre nos cuesta infinito expresar lo que sentimos. Los hombres  hacen con lo natural filigranas de expresión, llevan hasta la pantomima  lo instintivo y en definitiva, Nela, repiten a la naturaleza en sus colores y en sus brillos.

 Ha pasado una mariposa camino de su flor. Nela la ha sentido en su volar incierto, y ha ladrado, esta vez sin rabia.  Creo que ha asociado el pendiente a la mariposa..., ¡joder!. ¡joder! ¡joder!, que arte me he dado para que mi explicación acabe así - pienso - . Claro que en el fondo, Nela ha asociado el punky a lo efímero, a lo ondulante, a lo frágil.  Me ha dado una buena lección. Desde ese momento, cuando suena una moto se aparta , pero ya no nota el tironcito de repulsa de la cadena que la une a mi mano. El del pendiente, pienso, está tan solo como yo; pero él no tiene a Nela, tiene solo una moto-. Él tendrá más miedo que yo - le dije -: y de ahí el pendiente.   


lunes, 9 de abril de 2012

Cazadores de estrellas

LOS COHETES DEL ALCALDE


 

Antonio, el Alcalde, tuvo su primer destino de maestro en Valencia y ama la cohetería. Mejor, amaba, como le expliqué a Nela aquella tarde de Función. Una noche, en el ultimo “castillo” – que así llaman a los fuegos de artificio en mi pueblo -, un cohete anaranjado,  pequeñito pero anaranjado, torció su camino hacia la noche y se vino hacia la calle de la Ermita donde nos arrechuchabamos todos. Venia directo hacia el Alcalde, hacia su papada roja, hacia su orondez agitada por la inesperada visita. Y Antonio se pegó a la pared de la tienda de María, y afinó su silueta hinchando el buche como un palomo rondón, y metió el estómago hacia los azulejos de la fachada de la casa, y el cohete anaranjado le rozó el ombligo. Y el ombligo de un Alcalde en apuros, Nela  – le digo a mi amiga – es algo sagrado.


De resultas del cohete anaranjado, y para los años sucesivos, se han tomado las debidas precauciones para bien del pueblo, y ahora el “ castillo” se quema a distancia y la pólvora ilumina el cielo sobre la Cruz Mocha; mas arriba, mas hacia los espartales, mas lejos del Alcalde.


Nela ha mejorado sin duda con el tema de los cohetes . Antes, cuando veía,  se metía debajo de la mesa y gemía quedo al primer silbido de los infinitos cohetes que tiraban desde el patio del Ayuntamiento. Le temía más al preludio de eses ¡ sssissss!  .... que al estruendo final. Temblaba y se apretaba contra el suelo de la sala Cuadrada. Ahora no. Ahora entiende que el peligro se aleja de su noche y que es el cielo del Pueblo, y no el suyo, el que ha de iluminarse instantes mas tarde. Presiente, creo, los azules intensos y los violetas todos de las ruedas de fuego, y se conmueve con las lagrimas verdes que caen de las nubes.

Esta ultima Función la he subido al torreón de la Casa Grande y hemos esperado a que comenzara el “castillo”. Vamos a ir de cacería, Nela, de cacería de estrellas; como antes, como cuando veías y escrudiñabamos las aulagas moriscas vestidas de amarillo  y los tomillares grises. ¿ Te acuerdas?. Vamos a ir de cacería como antes, zigzagueando los rastrojos en busca de una codorniz, o apostándonos en los álamos esbeltos de los arroyos esperando el paso de las tórtolas. Esta noche cazaremos estrellas. Las estrellas del Carro, las pequeñitas de Orión, los poderosos Gemelos, a Castor, a Poloux, a los luceros todos. Cada una, Nela, tiene su nombre, su historia, su leyenda. Podemos, incluso, darle el nombre a una tuya. Mira, aquella medianeja que parpadea un poco. Será la estrella Nela. Cuando las hayamos cazado todas, todas menos la tuya, te contaré mil cuentos de amor y de misterio de cada astro, y la noche toda será nuestra.

Nela no entendió nada de mi hablar, pero cuando el primer cohete subió al cielo, y el olor a pólvora lleno la noche, y el estruendo del “castillo”  del Alcalde se hizo presente allá en los aledaños de la Cruz Mocha, Nela supe que era verdad, que el cielo iluminado  de verde, de rojo y de naranja era el gran coto de los perros ciegos, y la noche del castillo, el paraíso eterno de los cazadores de estrellas.   

domingo, 8 de abril de 2012

Nela y el palomo Geromo



Cuando hace unos meses me obsequiaron con una pareja de palomos valencianos me sentí feliz. El macho era un hermoso ejemplar zurito y buchón de poderoso pico y plumas azabaches y azuladas. La hembra era frágil y liviana. Parecía volar aun posada en los alambres del suelo de su jaula, y se escondía, casi, para hacerse invisible cuando retirábamos la sayuela. - No pueden estar en esa jaula tan pequeña, y si los soltamos se van, le dije a Nela cuando una tarde la llevé a las Casillas a presentarle a los nuevos amigos. Así que cubrí con tela metálica un corralillo adyacente y coloqué allí a la pareja de palomos valencianos.

 Desde aquel día fue visita obligada el improvisado palomar. Geromo, que así le puse al palomo buchón, arrullaba sin cesar al universo: bajaba el pico casi hasta el suelo, hinchaba su buche reluciente y embestía en arrancadas cortas hacia su hembra persiguiéndola por un palo que les coloqué a media altura, por el aguadero, por entre la rociada de trigo o yeros que Nela y yo les traíamos cada día, por el palomarejo que les construimos con primor y en fin por todas partes.

Y es que los palomos buchones y robones son así Nela: no es que alardeen ante su hembra, es que lo hacen ante el mundo todo. Fíjate: llenan la tarde con sus giros constantes, con el brillo de su buche, con la arrogancia de su desfachatez. Nela se quedaba extasiada olfateando aquel olor que se movía de aquí para allá sin atender a la presencia suya; presencia de perro, ciego pero perro, a fin de cuentas. Pensaba, creo, que Geromo debia asustarse y ocultarse o al menos estarse quieto, y entonces, enojada, ladraba con insistencia y Geromo callaba unos instantes hasta reanudar de inmediato sus arrullos y sus persecuciones.

Campo abierto, ya de atardecida, le intenté explicar a Nela el comportamiento de Geromo. Mira, Nela: el palomo está preso; su mundo es casi tan grande como el tuyo. Su mundo debia ser el torreón de la Iglesia, y el campanario, y los tejados todos, desde la casa de Teodosia hasta el Pilar; desde los tomillares de la Serrezuela hasta la Vegueta. El mundo de Geromo se agranda de golpe cuando sube hasta las nubes y domina la llanura y alcanza su vista hasta los aguaderos de los Charcones. Geromo ha nacido para arrullar la tarde, para pasear el cielo de estrella que te mostré el día del “castillo”, para posarse en los caballetes de los tejados y hacerse señor del pueblo desde arriba, desde una perspectiva que tu desconoces porque no puedes volar. Geromo es un pájaro y tu no; concluí con rotundidad.

Durante unos minutos guardamos silencio y continuamos nuestro paseo, pero cuando unos metros mas adelante saltó del camino una abubilla y Nela se sobresaltó, e intentó correr en su persecución, y se perdió sobre el rastrojo, amarillo, cálido e inmenso, y la vi desorientada y sola y aturdida, la llamé a mi lado.



-          Nela, la abubilla es libre; puede volar a donde quiera; no tiene alambradas que limiten su vuelo y sus referencias son infinitas: la aulaga grande del Barranco del Lobo, el retamar de las carboneras, los tomillares de Cuestablanquilla o las encinas de Pera. La abubilla no necesita el alarde de los arrullos de Geromo porque su mundo no ha sido limitado, porque su vuelo es libre. Todo el que hincha su buche lo hace por temor: temor a perder a su hembra. Temor a parecer pequeño e insignificante, temor a que su aparente libertad se vaya constriñendo desde dentro, desde su propia alma. ¿Lo entiendes? ; si Geromo fuera libre volaría por todo el pueblo como vuela la abubilla en los rastrojos, y todo sería distinto. Tú, Nela, eres libre. Eres ciega, pero eres libre porque tienes tus puntos de referencia y a ellos te limitas. Eres libre para oler, y para pensar, y para rechazar al perro de Jesús. Eres libre en “tu mundo” de perra ciega. Y los mundos se agrandan o se achican dependiendo de la altura del vuelo, de la fuerza del viento o de la fuerza de las alas. Geromo tiene alas, y fuerza, y viento, pero no tiene libertad.



 Cuando llegamos a casa decidí libertar a Geromo al día siguiente.



Llegado el momento entré en el recinto, acorralé a Geromo, lo atrapé, pasé sus patas entre mis dedos índice y pulgar, acaricié su cabeza apreciando la suavidad de las plumas y su perfecta disposición para cortar el aire y subimos al Torreón para otear bien el vuelo libre de Geromo. Junté ambas manos y lo lancé hacia arriba, hacia un azul recortado por los tejados de la Iglesia; lo lancé hacia la libertad, hacia sí mismo, hacia esa plenitud infinita de elegir los caminos de uno: caminos grandes o pequeños, pero caminos de uno, al fin y al cabo.



Yo pensaba, y creo que Nela también, que Geromo volaría sobre el pueblo, que planearía sobre el olivar, que subiría hasta el Cerro, que perseguiría a las palomas mil que se cruzara en su vuelo, y que volvería luego a su querencia, a su paloma, a su comida, a su casa.



Pero no fue así. Chasco grande, Nela; Chasco grande. Geromo se detuvo en el primer alero; aguardó unos instantes y voló. Voló en línea recta. Voló y voló hacia el Noreste, como si llevara un camino cierto, una brújula interna, una meta a alcanzar allí en el horizonte, por donde sale el sol: ¡ en dirección a Valencia!.



Al día siguiente, desconcertados, soltamos la hembra. Sin dudarlo siguió los pasos, mejor las alas, de Geromo. Me habían obsequiado, sin que yo lo supiera, una pareja de palomas mensajeras.



Si no me hubiese puesto sentimental con tu ceguera y lo de la abubilla, le espeté a Nela aquella tarde, no hubiéramos perdidos las palomas.



Luego, más tranquilo, al atardecer, retomé el asunto. Mira, le dije a Nela, mientras olisqueaba el palomar vacio: no te aflijas; puede que todos tengamos una referencia lejana, una querencia desconocida, un palomar de origen. Sí, sí: puede que todos – incluso tú - tengamos un Dueño que nos ha dejado aquí con un mensaje. Puede, amiga mía, que pasemos la vida hinchando buche en un corral cerrado con tela metálica  esperando la llamada de la Referencia Ultima, la querencia del lugar de destino, la libertad absoluta que nos permita volar. Hemos hecho bien, Nela, hemos hecho bien al dejar a Geromo camino de Valencia.



         Nela siguió olisqueando el suelo del palomar para gravar una referencia suya, una referencia que intentaba compartir con Geromo, una señal del por qué de su partida. Y es que  para ella, y para mi, es complicado entender  destinos sin libertad, retornos obligados y mensajes lejanos.



La libertad, intuyo que intentó decirme, no es cuestión de retirar alambradas, ni siquiera de poder agrandar el mundo ese de uno tapizado de tejados e Iglesias. La libertad es un atributo del alma, un don extraordinario que nos permite establecer nuestros propios puntos de referencia y atender, como lo hace Nela, solo a  los mensajes  interiores.



Esta vez fue Nela quién me dio solución a enigmas inalcanzables, pues yendo hasta la puerta del corral ladró hacia el cielo  con rabia.



Ciertamente, le digo, Geromo no era libre.