Cuando hace unos meses me obsequiaron con una pareja de palomos valencianos me sentí feliz. El macho era un hermoso ejemplar zurito y buchón de poderoso pico y plumas azabaches y azuladas. La hembra era frágil y liviana. Parecía volar aun posada en los alambres del suelo de su jaula, y se escondía, casi, para hacerse invisible cuando retirábamos la sayuela. - No pueden estar en esa jaula tan pequeña, y si los soltamos se van, le dije a Nela cuando una tarde la llevé a las Casillas a presentarle a los nuevos amigos. Así que cubrí con tela metálica un corralillo adyacente y coloqué allí a la pareja de palomos valencianos.
Desde aquel día fue visita obligada el improvisado palomar. Geromo, que así le puse al palomo buchón, arrullaba sin cesar al universo: bajaba el pico casi hasta el suelo, hinchaba su buche reluciente y embestía en arrancadas cortas hacia su hembra persiguiéndola por un palo que les coloqué a media altura, por el aguadero, por entre la rociada de trigo o yeros que Nela y yo les traíamos cada día, por el palomarejo que les construimos con primor y en fin por todas partes.
Y es que los palomos buchones y robones son así Nela: no es que alardeen ante su hembra, es que lo hacen ante el mundo todo. Fíjate: llenan la tarde con sus giros constantes, con el brillo de su buche, con la arrogancia de su desfachatez. Nela se quedaba extasiada olfateando aquel olor que se movía de aquí para allá sin atender a la presencia suya; presencia de perro, ciego pero perro, a fin de cuentas. Pensaba, creo, que Geromo debia asustarse y ocultarse o al menos estarse quieto, y entonces, enojada, ladraba con insistencia y Geromo callaba unos instantes hasta reanudar de inmediato sus arrullos y sus persecuciones.
Campo abierto, ya de atardecida, le intenté explicar a Nela el comportamiento de Geromo. Mira, Nela: el palomo está preso; su mundo es casi tan grande como el tuyo. Su mundo debia ser el torreón de la Iglesia, y el campanario, y los tejados todos, desde la casa de Teodosia hasta el Pilar; desde los tomillares de la Serrezuela hasta la Vegueta. El mundo de Geromo se agranda de golpe cuando sube hasta las nubes y domina la llanura y alcanza su vista hasta los aguaderos de los Charcones. Geromo ha nacido para arrullar la tarde, para pasear el cielo de estrella que te mostré el día del “castillo”, para posarse en los caballetes de los tejados y hacerse señor del pueblo desde arriba, desde una perspectiva que tu desconoces porque no puedes volar. Geromo es un pájaro y tu no; concluí con rotundidad.
Durante unos minutos guardamos silencio y continuamos nuestro paseo, pero cuando unos metros mas adelante saltó del camino una abubilla y Nela se sobresaltó, e intentó correr en su persecución, y se perdió sobre el rastrojo, amarillo, cálido e inmenso, y la vi desorientada y sola y aturdida, la llamé a mi lado.
- Nela, la abubilla es libre; puede volar a donde quiera; no tiene alambradas que limiten su vuelo y sus referencias son infinitas: la aulaga grande del Barranco del Lobo, el retamar de las carboneras, los tomillares de Cuestablanquilla o las encinas de Pera. La abubilla no necesita el alarde de los arrullos de Geromo porque su mundo no ha sido limitado, porque su vuelo es libre. Todo el que hincha su buche lo hace por temor: temor a perder a su hembra. Temor a parecer pequeño e insignificante, temor a que su aparente libertad se vaya constriñendo desde dentro, desde su propia alma. ¿Lo entiendes? ; si Geromo fuera libre volaría por todo el pueblo como vuela la abubilla en los rastrojos, y todo sería distinto. Tú, Nela, eres libre. Eres ciega, pero eres libre porque tienes tus puntos de referencia y a ellos te limitas. Eres libre para oler, y para pensar, y para rechazar al perro de Jesús. Eres libre en “tu mundo” de perra ciega. Y los mundos se agrandan o se achican dependiendo de la altura del vuelo, de la fuerza del viento o de la fuerza de las alas. Geromo tiene alas, y fuerza, y viento, pero no tiene libertad.
Cuando llegamos a casa decidí libertar a Geromo al día siguiente.
Llegado el momento entré en el recinto, acorralé a Geromo, lo atrapé, pasé sus patas entre mis dedos índice y pulgar, acaricié su cabeza apreciando la suavidad de las plumas y su perfecta disposición para cortar el aire y subimos al Torreón para otear bien el vuelo libre de Geromo. Junté ambas manos y lo lancé hacia arriba, hacia un azul recortado por los tejados de la Iglesia; lo lancé hacia la libertad, hacia sí mismo, hacia esa plenitud infinita de elegir los caminos de uno: caminos grandes o pequeños, pero caminos de uno, al fin y al cabo.
Yo pensaba, y creo que Nela también, que Geromo volaría sobre el pueblo, que planearía sobre el olivar, que subiría hasta el Cerro, que perseguiría a las palomas mil que se cruzara en su vuelo, y que volvería luego a su querencia, a su paloma, a su comida, a su casa.
Pero no fue así. Chasco grande, Nela; Chasco grande. Geromo se detuvo en el primer alero; aguardó unos instantes y voló. Voló en línea recta. Voló y voló hacia el Noreste, como si llevara un camino cierto, una brújula interna, una meta a alcanzar allí en el horizonte, por donde sale el sol: ¡ en dirección a Valencia!.
Al día siguiente, desconcertados, soltamos la hembra. Sin dudarlo siguió los pasos, mejor las alas, de Geromo. Me habían obsequiado, sin que yo lo supiera, una pareja de palomas mensajeras.
Si no me hubiese puesto sentimental con tu ceguera y lo de la abubilla, le espeté a Nela aquella tarde, no hubiéramos perdidos las palomas.
Luego, más tranquilo, al atardecer, retomé el asunto. Mira, le dije a Nela, mientras olisqueaba el palomar vacio: no te aflijas; puede que todos tengamos una referencia lejana, una querencia desconocida, un palomar de origen. Sí, sí: puede que todos – incluso tú - tengamos un Dueño que nos ha dejado aquí con un mensaje. Puede, amiga mía, que pasemos la vida hinchando buche en un corral cerrado con tela metálica esperando la llamada de la Referencia Ultima, la querencia del lugar de destino, la libertad absoluta que nos permita volar. Hemos hecho bien, Nela, hemos hecho bien al dejar a Geromo camino de Valencia.
Nela siguió olisqueando el suelo del palomar para gravar una referencia suya, una referencia que intentaba compartir con Geromo, una señal del por qué de su partida. Y es que para ella, y para mi, es complicado entender destinos sin libertad, retornos obligados y mensajes lejanos.
La libertad, intuyo que intentó decirme, no es cuestión de retirar alambradas, ni siquiera de poder agrandar el mundo ese de uno tapizado de tejados e Iglesias. La libertad es un atributo del alma, un don extraordinario que nos permite establecer nuestros propios puntos de referencia y atender, como lo hace Nela, solo a los mensajes interiores.
Esta vez fue Nela quién me dio solución a enigmas inalcanzables, pues yendo hasta la puerta del corral ladró hacia el cielo con rabia.
Ciertamente, le digo, Geromo no era libre.