PRUDENCIO
Hoy nos hemos
cruzado con Prudencio. Prudencio es un hombre grande, destartalado, inclinado
un poco hacia delante desde los pies a la cintura, y girado un poco también a
su derecha desde la cintura a la cabeza. Se diría que va mirando de reojo a los
niños que a veces lo siguen y le cantan: ¡ Prudencio
tiene hambre, - o sueño, o una camisa, o
miga, o cualquier cosa – ¡ para
terminar con Prudencio va en silencio ¡, y corren alrededor de su garrota con el peligro cierto
del garrotazo y la emoción de esquivarlo.
Que se sepa, Prudencio jamás ha alcanzado a ninguno, ni ha hecho mal a
nadie, ni ha salido apenas de casa.
La casa de
Prudencio tiene una fascinación especial: no es grande, ni pequeña, ni nueva,
ni desvencijada. La casa de Prudencio es simple, absolutamente sencilla,
absolutamente normal. Tiene una puerta más baja que Prudencio; dos plantas y
cuatro ventanas iguales pintadas de verde.
Le cuento a Nela que cuando los niños pasan por la puerta de la casa de
Prudencio siempre se dan una carrerita, e incluso los adultos aceleran el
paso. Prudencio Vive en la Romanilla, junto a la panadería y
la Iglesia. Su camino diario es tan constante como él mismo: sale de casa,
compra una barra de pan, sube por la calle de la Ermita, musita algo a la
puerta del templo y baja por la calle de la Escuela hasta su casa. Prudencio pasa por delante de la Escuela a la
hora del recreo, se diría que para exaltar el animo de la chiquillada, y se encierra en su patio hasta el día
siguiente. A la tarde acude Ursula, la
mujer de la limpieza; hace la comida, arregla la casa y, sin faltar un solo
día, barre y riega la acera de la puerta. Si se tercia se lía a escobazos con
el primer mozalbillo que intente mirar por las ventanas de la casa. En el pueblo, cada vecino es dueño de su acera
- dueño para barrer y regar – y la acera de Prudencio está más limpia
que el sol.
Nela no sabe él por qué de la carrerilla instintiva al pasar por la
casa de Prudencio. Un día y otro y otro me mira desconcertada cuando acelero el
paso. Vamos Nela, le digo, y con un tironcito le conmino a seguirme. Desde el lunes todo es diferente; El lunes,
Prudencio volvía de la panadería y obsequió a Nela con un trozo de pan. Este animal tiene cara de inteligente –
dijo -, y siguió su camino. Vaya usted
con Dios, fue mi respuesta, pero para entonces Prudencio ya estaba lejos. A
partir de ese día, Nela no me obedece y se apostilla unos instantes en la acera
impoluta, y vuelve la cabeza y espera al viejo gruñón moviendo ligeramente el
rabo.
Creo
que Nela ha adivinado la historia de Prudencio y sabe que a los cinco años
murió su madre, y que el niño Prudencio se quedó llorando y pataleando y aún
sigue así hasta la presente; Prudencio sigue gruñendo y pataleando, aunque
ahora esté algo inclinado hacia delante y hacia la derecha. Supongo que Nela lo
ha intuido y entiende que los
hombres gruñan cuando tienen miedo,
cuando están perdidos, cuando están ciegos, aunque sus ojos vean.
Nela ha intuido que un día
Prudencio niño se quedó solo, absolutamente
solo, absolutamente perdido, y tuvo miedo.
Nela lo entiende por que gruñir es su reacción natural de ciega cuando
pierde la referencia de la panadería, o del almacén de Paco López, o del
tomillar de San Isidro. Claro que para
eso yo estoy cerca y la llamo y le digo:
vamos Nela vuelve, y ella regresa a mi lado mascullando, eso sí, un leve
quejido.
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