miércoles, 11 de abril de 2012

Las cabras del Concejo.





LAS CABRAS DEL CONCEJO


 

Las cabras del Concejo pastan en los pastos comunales. Son negras; absolutamente negras; negras  como el vestido de Teodosia. Cuando  pintan una cabrita blanca en los cuentos de los niños, no saben lo que dicen. Las cabras del pueblo, le digo a Nela, son negras, porque así lo ha mandado el Sereno. Y los machos negros y los chotos negros. Yaya, que si sale una rubia, el Sereno la desecha o la envía a otra piara porque dice, en sus luces, que las cabras deben ser como Dios las hizo: es decir negras.

Le cuento esto a Nela porque ella, antes, gustaba de salir a la puerta de la calle de la Ermita y verlas entrar cada una en su casa sin error ni duda. Era aquella una hora feliz; un momento mágico. Las cabras conocen como tú, le digo, las referencias de su portal, la llamada de su cría, y la voz de su dueño. Las cabras del Concejo, antes,  se precipitaban calle abajo como una baraúnda de negrura hasta que se detenían  – cada una – en su corral. Allí las ordeñaban o le daban de mamar a los chotos y desde cada puerta, al día siguiente,   se reincorporaban a la manada. El pastor, el Sereno, solo tenia que subir desde el Pilar a la Ermita haciendo sonar sus cencerros para que salieran todas sin tardanza, y marcharan calle arriba hacia la Serrezuela o hacia los pagos de Cantarrana.

 Ahora no. Ahora, Nela, para que no ensucien el asfalto, han construido un aprisco a las afueras del pueblo, y allí se guarda el ganado. Por eso no las ves bajar. Antonio, el Alcalde, ha comprado un camión que sube y recoge la leche y se la llevan a una factoría, y la meten en un cartón y nos la devuelven hervida y esterilizada y desnatada y enriquecida. Luego la compras, abres el cartón y ..., mejor que no intente explicarte a lo que sabe la leche; más dificil que explicarte lo del pendiente. Ahora, amiga, las cabras no entran en el Pueblo aunque eso sí, Nela, al menos las del Sereno,  gracias a Dios, siguen siendo negras. Nela se ha tranquilizado un poco y ha dejado de ladrar  esperando al Concejo que no llega.

 El problema  es que nosotros, como las cabras, perdamos la querencia; querencia a nuestra casa, a nuestro choto, a una puerta igual a todas las demás, pero que es única porque es nuestra. Lo peor de todo, Nela, es que el Alcalde compre un camión de nostalgias y nos la lleve todas a una fosa común, a un olvido cierto.  Claro que son los tiempos, le digo, y nos vamos. Nela me ha seguido, pero sin mover el rabo.








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