domingo, 29 de abril de 2012

El dia de los difuntos


El día de los difuntos es un día especial.  Sobre la mesa de mármol de la Sala Cuadrada se coloca cada año un platito con aceite y en él se bañan tantas lamparillas como muertos hay en la familia. Huele a cera, a torcida de candil y a gachas.

 Antes se vendían crisantemos, o las ultimas rosas, o algún ramillete de violetas. No era fácil encontrar otras flores, que en noviembre no abundan en mi pueblo ningún otro, y menos gladiolos, o tulipas, o claveles.  Con las flores a cuestas,  un caldero con agua, un almocafre y un trapo de fregar las mujeres enlutadas enfilan hacia el campo santo.  Ahora hay flores de plástico, y ramos exóticos, y coches apilados en la puerta del cementerio. Ahora sigue sin oler mas que a muerto pero los colores mil y la bullanga han llegado hasta la tierra estéril de las tumbas.

He llevado a Nela al cementerio y nos quedamos, por respeto, en la puerta. Jesús pasa con un almocafre. Voy a quitarle a mi padre la grama, nos ha dicho. No le gustaba la grama; y  sigue su camino.

Al volver a la casa apago las velas. Crepitan con lucecilla tenue las que pegan al filo del aceite y sienten la humedad del plato y Nela se inquieta. Las almas le digo deben volar hacia el Eterno en libertad. Los hombres intentamos iluminar su recuerdo y plantamos mariposas en la noche. Es por miedo, sabes; por miedo a perder las referencias. Como las tuyas; como lo es la sacristía, la casa de Prudencio o el almacén de Paco López. Los hombres creen que la luz es un punto de partida, una constante de su ver, una señal en lo infinito. Por eso asocian la lamparilla a la eternidad. ¿Entiendes?. Nela mueve el rabo y  comparte conmigo la añoranza de los difuntos y un platito de gachas.


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