El día de los difuntos es un día especial. Sobre la mesa de mármol de la Sala Cuadrada
se coloca cada año un platito con aceite y en él se bañan tantas lamparillas
como muertos hay en la familia. Huele a cera, a torcida de candil y a gachas.
He llevado a Nela al cementerio y nos quedamos, por respeto, en la
puerta. Jesús pasa con un almocafre. Voy
a quitarle a mi padre la grama, nos ha dicho. No le gustaba la grama; y sigue su camino.
Al volver a la casa apago las velas. Crepitan con lucecilla tenue las
que pegan al filo del aceite y sienten la humedad del plato y Nela se inquieta.
Las almas le digo deben volar hacia el Eterno en libertad. Los hombres
intentamos iluminar su recuerdo y plantamos mariposas en la noche. Es por
miedo, sabes; por miedo a perder las referencias. Como las tuyas; como lo es la
sacristía, la casa de Prudencio o el almacén de Paco López. Los hombres creen
que la luz es un punto de partida, una constante de su ver, una señal en lo
infinito. Por eso asocian la lamparilla a la eternidad. ¿Entiendes?. Nela mueve
el rabo y comparte conmigo la añoranza
de los difuntos y un platito de gachas.
Nela comparte mucho... y gracias a ella compartimos otros.
ResponderEliminarGracias a ti.