Teodosia es pequeña, encorvada, casi inmaterial. Si no fuera por su vestido negro zaino apenas se la vería. Vive arriba, junto a la Ermita, en una casilla hecha a su tamaño. Teodosia colecciona santos como otros coleccionan sellos o soldaditos de plomo. Tiene santos de todos los tamaños y colores. Santos de madera, de escayola, de trapo, de porcelana. Tiene incluso una Virgen de Fátima fosforescente, y otra metida en una bola de cristal que al darle la vuelta nieva o llueve y caen motitas sobre su cabeza.
De sus diez hijos, solo le quedan dos, y en el cementerio; los otros emigraron a Barcelona, a Bilbao, a Alemania; así que los santos han ocupado el lugar de sus hijos, y los atiende, los limpia y les pone flores, y les lava las túnicas y los cambia de sitio, y les habla y, en una palabra, vive con sus santos tan requetebién.
Para Teodosia no existe el tiempo ni las preocupaciones, ni las prisas, ni más avatar que los rezos y los santos; así que Teodosia es casi eterna como la sombra de un olivo. Aparece y desaparece con el sol de la tarde asociada a la Iglesia, a la sacristía, a la Ermita y sobre todo a su casa, a los santos de su casa. Por eso cuando el tejado hizo aguas, vaya que tuvo goteras, nadie se extrañó de que sus rezos tuvieran eco allá en lo alto. Un remolino poderoso - como un efirt de las Mil y Una Noche - levantó la uralita del pajar del vecino y la depositó sobre la casa de Teodosia.
Cuando Nela me acompañó a ver el milagro husmeó nerviosa en el zaguán el olor de la cera y ladró bajito una o dos veces. Yo la tranquilicé rascándole las orejas y bajamos sin más por la calle de la Escuela. Y es que Nela sabe que los milagros existen, pero creo, sinceramente, que a ella no le gustan demasiado.
Ya en casa, intenté explicarle el sentido de las imágenes. Cada cual Nela, le dije, ve al Eterno con los ojos que Dios le ha dado. El problema es ver, Nela, intuir el mas allá, sentir al Todopoderoso de alguna manera, de alguna forma, aunque sea en una Virgen fosforescente. Tú no tienes ojos, y ves. Nosotros tampoco, y nos apañamos con lo que podemos. ¿ Entiendes?. Entonces Nela subió y bajó la escalera para demostrarme que lo había entendido. Luego se fue a su rincón y se tumbó plácidamente.
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