Cuando llegó la luz al pueblo, bastantes años
después de acabada la Guerra, Nela ya estaba ciega, así que no pudo ver las
bombillas luciendo, ni los preparativos que
para el recibimiento. Desde el municipio vecino, atravesando el prado,
se colocaron los postes y se tendió el cable sobre aislantes de cristal verde.
Para el verano se anunció que el Caudillo nos traía la luz y el pueblo
todo se vistió de gala para el evento. Las mujeres blanquearon los quicios de
las puertas, barrieron y regaron los ruedos,
y en las casas más pudientes
hicieron acometidas de luz desde las fachadas. El cordón de la luz, trenzado y blanco, sobre paredes blancas, se
convirtió así en un signo de distinción y de poderío. El alumbrado público se
limitó a diez bombillas: una en la Plaza, dos en la calle de la Ermita, dos en
la Calle Real, otra en la Romanilla -
haciendo esquina con la calle de la Escuela -, otra en el Barranco a la salida
de las Eras, otra en el Garibalto – que así llamaban al Barrio Alto -, otra en la Higuera donde se despedían los
muertos, y otro par de ellas no recuerdo donde. El encanto de aquel derroche
estaba en sus carencias. Un vecino
apenas distinguía a su compadre si se
cruzaban después de las ocho a menos que se pusiera bajo aquellos farolitos de lata recortada que protegía la bombilla de
las inclemencias. El pueblo seguía a oscuras, y las puertas y las ventanas de
las casas apenas se distinguían con la llamita oscilante de un candil o una
palmatoria.
El
día anunciado, a la tarde, los rapagones vaciaron melones y sandias, y recortaron en las cascaras estrellas, y peces, y caras orondas. Luego, los mozos metieron velas en las
improvisadas luminarias, aún jugosas, y esperaron a que llegara la noche. A las diez salimos
a la calle a ver la luz. Cada cual acudió a su bombilla más
cercana; algunos llevaron taburetes o
sillas para hacer mas cómoda la espera; otros se sentaron en el suelo, o en las
pleitas que colgaban de las puertas de
la casa, o detuvieron sus cabalgaduras junto a los corrillos formados en las
calles. Minutos antes del gran momento,
encendimos las velas y se hizo un silencio prolongado y expectante. Cuando los filamentos se iluminaron, y unas
suavisimas sombras se marcaron en las esquinas encaladas del pueblo la gente
gritó: ¡ la luz!, ¡La luz! , todos siguieron a los niños que corrían por las
calles con sus meloncillos iluminados camino de las diez bombillas que había
traído Franco.
Nela no supo bien que pasaba,
ni él por qué de tanta zahurda. Atemorizada, vino a mi vera calle arriba, calle
abajo, hasta que nos cansamos y nos
sentamos en el banco del paseo. Mira, Nela, le dije: la luz es como la
panadería, o la Iglesia, o el almacén de Paco López. La luz es la luz porque es
noche cerrada cuando se enciende. La luz marca el camino cuando uno no ve, y
está ciego, y busca una referencia para
llegar a casa. Nela levantó la cabeza y
no vio nada.
De regreso a casa atisbé a Jesús que venia con su carga de esparto.
Para Jesús no hubo festejo ni luces aquel día. Vaya usted con Dios, me dijo y torció por su calle. Creo que Nela y él comprendieron, mejor que
el resto de los parroquianos, el secreto de la electricidad. Para Jesús y para
Nela el pueblo siguió siendo el pueblo de siempre, de sol a sol, de noche en
noche, de canto del cuco a canto del cuco. Para ellos el pueblo siguió
rigiéndose por el toque de la campana y el eco del vocero de garbanzos
tostados. De vocero del amanecer a vocero del día siguiente, porque la luz,
decían, no ha de cambiar la vida de las gentes, ni las calles, ni la campana a
sus horas, ni el sermón del cura, ni la tienda de la Perona.
Desde aquel día, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y cuando
la gente se acostumbró, y dejó de pasear a la tarde las diez bombillas de
Franco, Nela supo que las tardes se alargaban, y que las gentes deambulaban por
las calles con zalagarda hasta pasadas las doce.
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