sábado, 12 de mayo de 2012

la luz.


Cuando llegó la luz al pueblo, bastantes años después de acabada la Guerra, Nela ya estaba ciega, así que no pudo ver las bombillas luciendo, ni los preparativos que  para el recibimiento. Desde el municipio vecino, atravesando el prado, se colocaron los postes y se tendió el cable sobre aislantes de cristal verde.
 

Para el verano se anunció que el Caudillo nos traía la luz y el pueblo todo se vistió de gala para el evento. Las mujeres blanquearon los quicios de las puertas, barrieron y regaron los ruedos,  y en las casas  más pudientes hicieron acometidas de luz desde las fachadas. El cordón de la luz,  trenzado y blanco, sobre paredes blancas, se convirtió así en un signo de distinción y de poderío. El alumbrado público se limitó a diez bombillas: una en la Plaza, dos en la calle de la Ermita, dos en la Calle Real, otra en la Romanilla  - haciendo esquina con la calle de la Escuela -, otra en el Barranco a la salida de las Eras, otra en el Garibalto – que así llamaban al Barrio Alto -,  otra en la Higuera donde se despedían los muertos, y otro par de ellas no recuerdo donde. El encanto de aquel derroche estaba en sus carencias.  Un vecino apenas distinguía  a su compadre si se cruzaban después de las ocho a menos que se pusiera bajo  aquellos farolitos  de lata recortada que protegía la bombilla de las inclemencias. El pueblo seguía a oscuras, y las puertas y las ventanas de las casas apenas se distinguían con la llamita oscilante de un candil o una palmatoria.
 

            El día anunciado, a la tarde, los rapagones vaciaron melones y  sandias, y recortaron en las cascaras  estrellas, y peces,  y caras orondas.  Luego, los mozos metieron velas en las improvisadas luminarias, aún jugosas, y esperaron  a que llegara la noche. A las diez  salimos  a la calle a ver la luz. Cada cual acudió a su bombilla más cercana;  algunos llevaron taburetes o sillas para hacer mas cómoda la espera; otros se sentaron en el suelo, o en las pleitas  que colgaban de las puertas de la casa, o detuvieron sus cabalgaduras junto a los corrillos formados en las calles.  Minutos antes del gran momento, encendimos las velas y se hizo un silencio prolongado y expectante.  Cuando los filamentos se iluminaron, y unas suavisimas sombras se marcaron en las esquinas encaladas del pueblo la gente gritó: ¡ la luz!, ¡La luz! , todos siguieron a los niños que corrían por las calles con sus meloncillos iluminados camino de las diez bombillas que había traído Franco. 
 

Nela no supo bien que  pasaba, ni él por qué de tanta zahurda. Atemorizada, vino a mi vera calle arriba, calle abajo,  hasta que nos cansamos y nos sentamos en el banco del paseo. Mira, Nela, le dije: la luz es como la panadería, o la Iglesia, o el almacén de Paco López. La luz es la luz porque es noche cerrada cuando se enciende. La luz marca el camino cuando uno no ve, y está ciego,  y busca una referencia para llegar a casa.  Nela levantó la cabeza y no vio nada. 

De regreso a casa atisbé a Jesús que venia con su carga de esparto. Para Jesús no hubo festejo ni luces aquel día. Vaya usted con Dios, me dijo y torció por su calle.  Creo que Nela y él comprendieron, mejor que el resto de los parroquianos, el secreto de la electricidad. Para Jesús y para Nela el pueblo siguió siendo el pueblo de siempre, de sol a sol, de noche en noche, de canto del cuco a canto del cuco. Para ellos el pueblo siguió rigiéndose por el toque de la campana y el eco del vocero de garbanzos tostados. De vocero del amanecer a vocero del día siguiente, porque la luz, decían, no ha de cambiar la vida de las gentes, ni las calles, ni la campana a sus horas, ni el sermón del cura, ni la tienda de la Perona.

Desde aquel día, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y cuando la gente se acostumbró, y dejó de pasear a la tarde las diez bombillas de Franco, Nela supo que las tardes se alargaban, y que las gentes deambulaban por las calles con zalagarda hasta pasadas las doce.

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