Al San José de la Iglesia le
pusieron en la Guerra un par de pistolas. Sí, sí: una pistola en cada mano; una
en la izquierda, que tenia libre, y segunda pistola – malamente colocada – en la mano derecha con
la que sostiene al Niño. La escultura primorosa de Risueño no protestó
siquiera; se quedó con sus pistolas y ya está. En febrero de 1939 entraron los
Nacionales en el Pueblo, y llegados que fueron a la Iglesia se encontraron al
San José armado. Bueno, pues nada, que averiguaron al autor de la fechoría y se
lo llevaron preso como luego se llevaron al Negro.
Tú, Nela, - le digo - no
entiendes nada y eso te salva. Los humanos creemos que entendemos y sin embargo
hacemos barbaridades tan completas como provocar el llanto en las imágenes de Risueño, porque estoy seguro
que aquel día del mes de febrero de 1939 el Niño Jesús lloró amargamente la
ceguera de unos y de otros.
Tengo la impresión de que Nela
me ha escuchado atentamente pero no me ha comprendido. Para ella los hombres
ven. Ven como ella veía antes de su enfermedad. Ven como cuando corría por el
campo sin necesidad de ir reconociendo los rincones, y las señas y contando los
pasos. Para Nela los hombres tienen ojos y por ello ven y no comprende como
puedo insinuarle lo contrario. Mas
despacio, mas sosegadamente, en el paseo de la tarde, he ido yo delante
buscando referencias mías. Más sutiles, menos intuitivas que las suyas – quizás
-, pero referencias al fin y al cabo. Una carta antigua y descolorida. Una foto
de mi madre. Un juguete de la infancia. Son mis referencias, Nela, mis puntos
de reencuentro para llegar a casa, mis
añoranzas todas a las que me asió para no tropezar en mi ceguera. Sé por ellas
quién soy, por donde camino y cuando, como ahora, comienza mi regreso.
Los soldados del 39, no tenían
referencias, Nela. A ellos, y a todos
los soldados del mundo, se las quitaron mientras aprendían la instrucción. A todos los que hicieron la Guerra les
robaron sus caminos, sus veredas sin yerba, sus manantiales todos donde
apaciguaban su sed. Muchos de los que hicieron la Guerra – de los dos bandos,
Nela, de los dos bandos - se quedaron
ciegos para siempre. Los ojos se les secaron de horror, y la memoria suya de
sus querencias viejas voló con los odios y las venganzas. Claro que Tú todo
esto no lo sabes porque no has entrado jamas en la Iglesia, o a lo mejor - así quiero creerlo – no lo sabes porque no
haya existido. Eso seria estupendo: que la Guerra hubiera sido solo eso, una
terrible y larga pesadilla.
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