lunes, 7 de mayo de 2012

Las pistolas de San José.


Al San José de la Iglesia le pusieron en la Guerra un par de pistolas. Sí, sí: una pistola en cada mano; una en la izquierda, que tenia libre, y segunda pistola  – malamente colocada – en la mano derecha con la que sostiene al Niño. La escultura primorosa de Risueño no protestó siquiera; se quedó con sus pistolas y ya está. En febrero de 1939 entraron los Nacionales en el Pueblo, y llegados que fueron a la Iglesia se encontraron al San José armado. Bueno, pues nada, que averiguaron al autor de la fechoría y se lo llevaron preso como luego se llevaron al Negro.

Tú, Nela, - le digo - no entiendes nada y eso te salva. Los humanos creemos que entendemos y sin embargo hacemos barbaridades tan completas como provocar el llanto en  las imágenes de Risueño, porque estoy seguro que aquel día del mes de febrero de 1939 el Niño Jesús lloró amargamente la ceguera de unos y de otros.

Tengo la impresión de que Nela me ha escuchado atentamente pero no me ha comprendido. Para ella los hombres ven. Ven como ella veía antes de su enfermedad. Ven como cuando corría por el campo sin necesidad de ir reconociendo los rincones, y las señas y contando los pasos. Para Nela los hombres tienen ojos y por ello ven y no comprende como puedo insinuarle lo contrario.  Mas despacio, mas sosegadamente, en el paseo de la tarde, he ido yo delante buscando referencias mías. Más sutiles, menos intuitivas que las suyas – quizás -, pero referencias al fin y al cabo. Una carta antigua y descolorida. Una foto de mi madre. Un juguete de la infancia. Son mis referencias, Nela, mis puntos de reencuentro para llegar a casa, mis añoranzas todas a las que me asió para no tropezar en mi ceguera. Sé por ellas quién soy, por donde camino y cuando, como ahora, comienza mi regreso.


Los soldados del 39, no tenían referencias, Nela.  A ellos, y a todos los soldados del mundo, se las quitaron mientras aprendían la instrucción.  A todos los que hicieron la Guerra les robaron sus caminos, sus veredas sin yerba, sus manantiales todos donde apaciguaban su sed. Muchos de los que hicieron la Guerra – de los dos bandos, Nela, de los dos bandos -  se quedaron ciegos para siempre. Los ojos se les secaron de horror, y la memoria suya de sus querencias viejas voló con los odios y las venganzas. Claro que Tú todo esto no lo sabes porque no has entrado jamas en la Iglesia, o a lo mejor  - así quiero creerlo – no lo sabes porque no haya existido. Eso seria estupendo: que la Guerra hubiera sido solo eso, una terrible y larga pesadilla. 






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