Cada tarde paseo
con Nela a campo abierto. Tenemos las mismas preferencias, así que no cabe
disgusto en la elección del camino. Bajamos por la calle de la Ermita
hasta la Romanilla. La Romanilla es la
calle de la panadería; en ese punto torcemos a la izquierda y continuamos hasta el almacén de Paco López, y desde allí, ya casi a
descubierto, enderezamos hasta el
cerrillo de San Isidro. A partir de los espartales contiguos suelto a Nela para
que goce a sus anchas del campo.
El entramado urbano lo pasa Nela atada a mi mano y pegadita a mí. Creo
que va contando mis pasos, mas que los suyos,
y así ahorra números. Sabe que salimos a las siete porque suena la
campana, y que desde casa bajamos unos metros hasta la puerta de la sacristía.
Suelen allí corretear los niños, esperar las beatas su turno y
amonestarse las jóvenes
casaderas. Nela olfatea la cera, el olor especialísimo a lejía del suelo de la
casa parroquial y se marcha diligente de allí. Prefiere la panadería y el pan
de aceite, y las tortas que las mujeres llevan a cocer y sacan del horno aún
calientes. Le fascina cuando cruzamos con una moza portando una de esas
tortas tapadas con un trapo blanco
inmaculado. Nela distingue el pan de
aceite de la hogaza redonda o de una telera aún caliente y conoce con precisión
la masa de magdalenas de la hogaza
redonda y humeante. Sé que prefiere la hogaza. Un día cayo una magdalena al
suelo y fue a comerla. El papel la desconcertó hasta que sujetándolo con la
mano pudo mordisquear el dulce. Desde entonces recela de ellas.
Procuro en los paseos no recorrer caminos nuevos sin advertirlo. ¡
Nela!, huele; hoy vamos a ir a la Vegueta; manténte atenta y mide la distancia;
Y entonces se pega de nuevo a mí para
que le abroche el mosquetón y nos aventuramos por la carretera unos metros. Entonces
serena los pasos y lo olfatea todo para
tomar secuencias de olores, puntos de referencia, sensaciones conocidas. He
notado que al pisar el asfalto se detiene. Asocia el peligro de los coches al mullido templado de
la vía y aguarda expectante mi orden de cruzar. Vamos, le digo, y de un
tironcito me lleva a la otra acera.
Supongo que todos somos un
tanto como ella. Llevamos lo conocido en el alma y solo entre los puntos de
referencia sabemos descansar. La sacristía esta bien saber donde está, incluso
notar la Iglesia a tus espaldas y escuchar la campana. Es una buena referencia
de partida, le digo; pero la panadería es la panadería y le explico como es el
trigo en la era formando el pez; y como llega al almacén de Paco López, y como
luego se hace harina blanca como la nieve, y como se esponja y crece en el
horno. La panadería es una buena segunda referencia. Luego llega lo nuevo, lo desconocido, el
mañana. Uno no puede vivir sin un mañana, Nela. El futuro es la esencia de cada
día para hacerse presente. Si no existiera el mañana, el hoy seria insufrible;
si no existiera lo desconocido, los puertos esos de referencia nuestra, los
goznes de la vida carecerían de sentido y el mundo nuestro, Nela, sería una
cárcel, un callejón ancho quizás, pero sin salida. Creo que me ha entendido
porque, sin dudarlo, se ha alejado unos pasos más allá de lo habitual y se ha
perdido. La he visto golpearse levemente
con un árbol. Enseguida la he llamado: Vuelve, Nela, estoy aquí; y ha regresado
moviendo el rabo al reconocer mi voz.
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