miércoles, 20 de junio de 2012

NELA, LA PERRA CIEGA


Nela se quedó ciega hace algún tiempo. Dice el veterinario que tiene una degeneración del nervio óptico. Perdió la vista poco a poco, en meses; de un enero a un mayo.  Esa fue su suerte: que aprendió y se adaptó a su ceguera  allá por septiembre. Para entonces, Nela había aprendido a andar por casa sin tropezar con los muebles; conocía el patio, la entrada del dormitorio, la cocina..., conocía el zaguán, las escaleras y tacto duro del acerado de la calle. Había escuchado cien veces el pregón de los vendedores de cualquier cosa y los distinguía sin dudar. Pero sobre todo Nela conocía y diferenciaba a la perfección los olores. Su mundo era un mundo de olor. A través del olor Nela sabia perfectamente el camino de la cocina, la situación del pajar o la ubicación exacta de la despensa. Sabia, porque lo había visto antes de quedar ciega, que el  pueblo aquel  donde vivía tenia calles empinadas en el Cerro o en los aledaños de la Ermita porque allí, junto a las estribaciones de las dehesas, olía a tomillo; y que abajo, en el Pilar, se  suavizaban los repechos y el olivar  llegaba hasta las casas. Sabia, por que lo había visto, que la calle Real se llena de gente los días de mercado y que más arriba, junto al Ayuntamiento, aguardan los enfermos la consulta del médico.



Nela asociaba los olores sabidos a gentes o a vivencias; la colonia la asocia a colores vivos de faldas de muchachas o a pantalón vaquero; el estío  a sudor de bestias y a tubo de escape de tractor. Los festejos a turrón, y las ferias del pueblo, a pólvora y estruendo de cohetes. Ella, desde la oscuridad, podía ver el mundo como antes, con sus brillos y sus sombras, con sus prisas y sus pausas, con su andar cansino o sus bullas mas o menos justificadas. Nela podía seguir el calendario  asociado a los olores de cada esquina, de cada hora, de cada estación. En diciembre las matanzas, con las morcillas y los chorizos colgadas en las azoteas de las casas. En primavera, el romero y las lavandas, y los lirios de Cuestablanquilla. Para agosto, el campo todo que huele a rastrojos y a paja de yeros. Unos días mas tarde, tras las primeras lluvias de septiembre, el intensísimo olor a tierra mojada; y para San Miguel, el aroma a carne de membrillo y a jalea.   Por eso, por que se acostumbró poco a poco, la perra Nela, una vez ciega,  no había experimentado un cambio radical en su conducta. Vivía tan alegre como antes, tan confiada, tan llena de vida, tan normal: como otra perra labrador cualquiera, como otro animal mas del pueblo.

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