Nela se quedó
ciega hace algún tiempo. Dice el veterinario que tiene una degeneración del
nervio óptico. Perdió la vista poco a poco, en meses; de un enero a un
mayo. Esa fue su suerte: que aprendió y
se adaptó a su ceguera allá por
septiembre. Para entonces, Nela había aprendido a andar por casa sin tropezar
con los muebles; conocía el patio, la entrada del dormitorio, la cocina...,
conocía el zaguán, las escaleras y tacto duro del acerado de la calle. Había
escuchado cien veces el pregón de los vendedores de cualquier cosa y los distinguía
sin dudar. Pero sobre todo Nela conocía y diferenciaba a la perfección los
olores. Su mundo era un mundo de olor. A través del olor Nela sabia
perfectamente el camino de la cocina, la situación del pajar o la ubicación
exacta de la despensa. Sabia, porque lo había visto antes de quedar ciega, que
el pueblo aquel donde vivía tenia calles empinadas en el
Cerro o en los aledaños de la Ermita porque allí, junto a las estribaciones de
las dehesas, olía a tomillo; y que abajo, en el Pilar, se suavizaban los repechos y el olivar llegaba hasta las casas. Sabia, por que lo
había visto, que la calle Real se llena de gente los días de mercado y que más
arriba, junto al Ayuntamiento, aguardan los enfermos la consulta del médico.
Nela asociaba los olores
sabidos a gentes o a vivencias; la colonia la asocia a colores vivos de faldas
de muchachas o a pantalón vaquero; el estío
a sudor de bestias y a tubo de escape de tractor. Los festejos a turrón,
y las ferias del pueblo, a pólvora y estruendo de cohetes. Ella, desde la
oscuridad, podía ver el mundo como antes, con sus brillos y sus sombras, con
sus prisas y sus pausas, con su andar cansino o sus bullas mas o menos
justificadas. Nela podía seguir el calendario
asociado a los olores de cada esquina, de cada hora, de cada estación.
En diciembre las matanzas, con las morcillas y los chorizos colgadas en las
azoteas de las casas. En primavera, el romero y las lavandas, y los lirios de
Cuestablanquilla. Para agosto, el campo todo que huele a rastrojos y a paja de
yeros. Unos días mas tarde, tras las primeras lluvias de septiembre, el
intensísimo olor a tierra mojada; y para San Miguel, el aroma a carne de
membrillo y a jalea. Por eso, por que
se acostumbró poco a poco, la perra Nela, una vez ciega, no había experimentado un cambio radical en
su conducta. Vivía tan alegre como antes, tan confiada, tan llena de vida, tan
normal: como otra perra labrador cualquiera, como otro animal mas del pueblo.
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