MERCEDES
Mercedes, hija de la Manca, nació el año de los terremotos de 1880 y
llegó a nuestros días como una pasa. Como una pasa autentica vestida de color
pasa y arrugada como eso, como una pasa. Se ganó la vida llevando agua a las
casas desde la fuente o desde el camión de Elodia. Se ayudaba de limosnas y de
su condición de tonta: la tonta del pueblo.
El
tonto del pueblo, le digo a Nela, suele ser un hombre o una mujer de
reconocidas luces, o al menos así lo proclama la gente:
- Es muy fina, D. Fulano,
te dicen – refiriéndose al tonto; Si usted supiera: hace de todo y no se le
pasa una. Y se quedan tan frescos.
Ser el tonto oficial del pueblo tiene que ser pesado. Lo digo porque
sospecho que hay que aguantar a los tontos reales que no tienen nombramiento. Y de esos hay muchos, Nela: muchos más de los
que uno piensa. Te los encuentras en los bares, en la Iglesia, en el
Ayuntamiento, en las eras, en las
tiendas, en todas partes. Por eso es más difícil ser el tonto oficial que tonto
del montón: porque tonto oficial no hay mas que uno y de los otros, legión.
Mercedes era la tonta oficial y, puedo dar fe de ello, era ciertamente
una mujer con luces. Tenia permanentemente liadas en un pañolito unas cuantas monedillas y los niños jugaban a
quitárselas para - como en el caso de
Prudencio – sentir la sensación de peligro del pellizco retorcido, o
arriesgarse al pescozón de Mercedes, o simplemente por oírla chillar
defendiendo su tesoro mientras lo escondía en su miriñaque debajo del delantal.
Aquel día la broma fue distinta. Le hicieron subir hasta el Cerro con
un cántaro de agua para un encargo ficticio.
Mientras Mercedes despotricaba por la calle de la Ermita, y los guasones
se reían a sus anchas, Nela se acerco con sigilo a la puerta entreabierta y lanzó un ladrido
feroz a las espalda del guason-tonto no oficial. Mercedes le rascó en las
orejas y continuó su camino hacia la plazoleta del Mastren voceando su clara
mercancía: agua, agua, agua fresca.
Nela
se vino hacia mí satisfecha.
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