LOS COHETES DEL ALCALDE
Antonio, el Alcalde, tuvo su primer destino de maestro en Valencia y ama la cohetería. Mejor, amaba, como le expliqué a Nela aquella tarde de Función. Una noche, en el ultimo “castillo” – que así llaman a los fuegos de artificio en mi pueblo -, un cohete anaranjado, pequeñito pero anaranjado, torció su camino hacia la noche y se vino hacia la calle de la Ermita donde nos arrechuchabamos todos. Venia directo hacia el Alcalde, hacia su papada roja, hacia su orondez agitada por la inesperada visita. Y Antonio se pegó a la pared de la tienda de María, y afinó su silueta hinchando el buche como un palomo rondón, y metió el estómago hacia los azulejos de la fachada de la casa, y el cohete anaranjado le rozó el ombligo. Y el ombligo de un Alcalde en apuros, Nela – le digo a mi amiga – es algo sagrado.
Nela ha mejorado sin duda con el tema de los cohetes . Antes, cuando veía, se metía debajo de la mesa y gemía quedo al primer silbido de los infinitos cohetes que tiraban desde el patio del Ayuntamiento. Le temía más al preludio de eses ¡ sssissss! .... que al estruendo final. Temblaba y se apretaba contra el suelo de la sala Cuadrada. Ahora no. Ahora entiende que el peligro se aleja de su noche y que es el cielo del Pueblo, y no el suyo, el que ha de iluminarse instantes mas tarde. Presiente, creo, los azules intensos y los violetas todos de las ruedas de fuego, y se conmueve con las lagrimas verdes que caen de las nubes.
Esta ultima Función la he subido al torreón de la Casa Grande y hemos esperado a que comenzara el “castillo”. Vamos a ir de cacería, Nela, de cacería de estrellas; como antes, como cuando veías y escrudiñabamos las aulagas moriscas vestidas de amarillo y los tomillares grises. ¿ Te acuerdas?. Vamos a ir de cacería como antes, zigzagueando los rastrojos en busca de una codorniz, o apostándonos en los álamos esbeltos de los arroyos esperando el paso de las tórtolas. Esta noche cazaremos estrellas. Las estrellas del Carro, las pequeñitas de Orión, los poderosos Gemelos, a Castor, a Poloux, a los luceros todos. Cada una, Nela, tiene su nombre, su historia, su leyenda. Podemos, incluso, darle el nombre a una tuya. Mira, aquella medianeja que parpadea un poco. Será la estrella Nela. Cuando las hayamos cazado todas, todas menos la tuya, te contaré mil cuentos de amor y de misterio de cada astro, y la noche toda será nuestra.
Nela no entendió nada de mi hablar, pero cuando el primer cohete subió al cielo, y el olor a pólvora lleno la noche, y el estruendo del “castillo” del Alcalde se hizo presente allá en los aledaños de la Cruz Mocha, Nela supe que era verdad, que el cielo iluminado de verde, de rojo y de naranja era el gran coto de los perros ciegos, y la noche del castillo, el paraíso eterno de los cazadores de estrellas.
Hermosa cacería...
ResponderEliminar