viernes, 6 de abril de 2012

LAS ESCALERAS


El primer obstáculo  que tuvo que superar  Nela, a primeros de agosto, fueron las escaleras de casa.  Son empinadas, anchas pero empinadas. Tienen un descansillo a la mitad, y dos tramos desiguales. En el rellano hay una ventana que se asoma al patio de la palmera. Bajo la ventana crece un jazmín, y arriba, en el rellano, protegiendo el hueco con una baranda torneada está la puerta de la biblioteca y los accesos de los dormitorios.
 
Hasta aquel día Nela hizo siempre igual. De mañana enfilaba hacia el primer mamperlán sin destello de duda. En un santiamén llegaba al descansillo y allí se detenía a mirar por la ventana. Desde el postigo volvía la cabeza y me apremiaba inquisidora con el rabo.  Olía ya a tostada y a pan de aceite en la Sala Cuadrada, y en la Plaza se podían escuchar los murmullos de los pacientes esperando al médico.  Un par de saltos más y estaba abajo.  Instantes después se echaba entre las patas de la silla donde  tomaba mi desayuno y esperaba. Aquel día no. Aquel día de agosto, al abrir la puerta, se quedó en el dintel y aguardó. Yo no me apercibí de su duda hasta que llegué al jazmín. Ella se quedó temblando ante el primer escalón y comenzó a ladrar, luego tanteó el filo romo del mamperlan y bajó la mano derecha. A continuación la izquierda. Daleando las patas  bajó el primer escalón y se atravesó en las losetas grises. Había aprendido a bajar peldaño a peldaño, paso a paso, miedo a miedo. Entonces la animé; cogí unos cuantos jazmines y los agité al viento. Entendió. Al llegar a mi altura acaricié su cabeza con la misma mano que tenia los jazmines.  Desde ese momento no hubo problemas: baja despacio, tanteando distancias, contando – creo – los escalones, y al llegar al descansillo levanta el hocico, olfatea, tuerce a la derecha y llega a la Sala Cuadrada.

 La vida, Nela, le digo, es como la escalera: tiene un jazmín siempre a mitad. Hay que percibirlo y gozarlo, detenerse en él y girar a un lado, o a otro, camino de la tostada de aceite y de la leche tibia.  Cuando eres joven, Nela, brincas sobre los aromas  sin apenas sentirlos; los presientes, pero no los necesitas. Ahora, amiga, lo sutil se hace guía, lo pequeño camino, lo añorado sendero.  Cuando la vida arrecia palpas el mamperlán y sabes de sus formas, y llevas el numero de tus incertidumbres todas hasta notar el jazmín que antes ignorabas. Aunque eso sí, Nela, nunca des paso a la tristeza. La vida te aguarda en el mantel azul de la Sala Cuadrada donde yo te daré, como cada mañana, pan de aceite sobre la palma de mi mano.

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