El primer obstáculo que tuvo que superar Nela, a primeros de agosto, fueron las escaleras de casa. Son empinadas, anchas pero empinadas. Tienen un descansillo a la mitad, y dos tramos desiguales. En el rellano hay una ventana que se asoma al patio de la palmera. Bajo la ventana crece un jazmín, y arriba, en el rellano, protegiendo el hueco con una baranda torneada está la puerta de la biblioteca y los accesos de los dormitorios.
Hasta aquel día Nela hizo siempre igual. De mañana enfilaba hacia el primer mamperlán sin destello de duda. En un santiamén llegaba al descansillo y allí se detenía a mirar por la ventana. Desde el postigo volvía la cabeza y me apremiaba inquisidora con el rabo. Olía ya a tostada y a pan de aceite en la Sala Cuadrada, y en la Plaza se podían escuchar los murmullos de los pacientes esperando al médico. Un par de saltos más y estaba abajo. Instantes después se echaba entre las patas de la silla donde tomaba mi desayuno y esperaba. Aquel día no. Aquel día de agosto, al abrir la puerta, se quedó en el dintel y aguardó. Yo no me apercibí de su duda hasta que llegué al jazmín. Ella se quedó temblando ante el primer escalón y comenzó a ladrar, luego tanteó el filo romo del mamperlan y bajó la mano derecha. A continuación la izquierda. Daleando las patas bajó el primer escalón y se atravesó en las losetas grises. Había aprendido a bajar peldaño a peldaño, paso a paso, miedo a miedo. Entonces la animé; cogí unos cuantos jazmines y los agité al viento. Entendió. Al llegar a mi altura acaricié su cabeza con la misma mano que tenia los jazmines. Desde ese momento no hubo problemas: baja despacio, tanteando distancias, contando – creo – los escalones, y al llegar al descansillo levanta el hocico, olfatea, tuerce a la derecha y llega a la Sala Cuadrada.
Hermoso... Como la vida misma, como compartir el placer de vivirla.
ResponderEliminarFelicidades.
Gracias.
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